Nada ambicioso sale adelante sin la dosis adecuada de obstinación

“Los fanáticos son muy útiles. La selección natural los ha preservado por eso”.

“De nuestra promoción de Políticas salió un ministro”, dijo una noche Monroe Stahr acodado en la barra del Calridge, “pero si Marty McFly nos hubiera visitado en aquella época y nos hubiera anticipado quién iba a serlo, le hubiéramos contestado: ¿Fulanito? ¡Venga ya! Sin embargo, cuando lo piensas, tiene todo el sentido”.

El comentario suscitó mi inmediata curiosidad.

“¿Estudiaste Políticas?, pregunté. “Sospechábamos de tus orígenes turbios, pero jamás pudimos imaginar…”

Stahr me ignoró, como siempre que alguien intenta profundizar en su pasado.

“La familia de Fulanito no podía ser más de derechas”, continuó. “Era nieto de un aviador del bando nacional e hijo de un procurador en Cortes, pero a un compañero de bachiller lo habían tirado por una ventana de la Dirección General de Seguridad (esas cosas que pasaban durante el franquismo) y se había hecho de la ORT. Fanáticamente. No podías decirle nada. En seguida te soltaba que eras un facha y un cómplice de los asesinos, aunque debo decir que conmigo fue siempre muy correcto”.

“A ver quién no”, se oyó como en sordina. Stahr no se dio por aludido.

“Los fanáticos son muy útiles”, siguió reflexionando en voz alta. “La selección natural los ha preservado seguramente por eso. Y también muy raros. Gente preparada y lista la hay a patadas. Yo nunca he tenido problemas para reclutar buenos abogados o contables competentes, pero no es fácil dar con ese sujeto obstinado que, pese a tener todas las probabilidades en contra, resiste y resiste hasta que le arrebatas el fusil de sus manos yertas”.

“La existencia sería, sin embargo, tanto más cómoda sin ellos”, le dije.

“Por supuesto”, respondió, “ya sabes lo que opino de los principios: la mayor parte del tiempo son un incordio. La convivencia exige cesión y tolerancia. Para el día a día quieres estar rodeado de cobardes que se repliegan a la menor intimidación. Que te planten cara es agotador. Recuerdo una visita que hice a Jerusalén. Unos años atrás habían apuñalado a un judío en el zoco del barrio musulmán y, para honrar su memoria, en el lugar del atentado colocaron una placa. Digo una, aunque en realidad fueron varias, porque cada noche los islamistas la destrozaban a martillazos. El ejército tenía que montar guardia las 24 horas para que se respetara, así que cuando el turista pasaba delante veía a dos soldados muy serios, con su casco, su chaleco antibalas y su ametralladora delante de una placa y, a su alrededor, una montaña de inmundicias, porque lo que las autoridades no habían logrado impedir es que los comerciantes árabes dejaran ahí su basura. ¿Quién quiere vivir en una ciudad donde todas las ofensas se anotan y todos los golpes se devuelven?”

Era una pregunta retórica, pero Stahr hizo de todos modos una pausa de cortesía, por si alguno nos animábamos.

“Ahora bien”, añadió, “¿existiría Israel si entre sus colonos no hubiera habido un puñado de fanáticos decididos a morir y matar? Lo dudo. Los listos, justamente por ser listos, son los primeros en echar a correr. Ningún proyecto ambicioso sale adelante sin la dosis adecuada de obstinación”.

Hizo una seña muda al barman del Calridge para que le rellenara el vaso y, solo tras comprobar que la delicada operación se había consumado a su entera satisfacción, remachó:

“Por eso, si lo piensas, tiene todo el sentido que hicieran ministro a Fulanito”.

Un comentario en “Nada ambicioso sale adelante sin la dosis adecuada de obstinación

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s