Un pelotón dispuesto a salvar la civilización

“Si alguien desarrollara un invento que callara a los cuñados, prestaría a la humanidad un servicio impagable”, sugirió alguien en el Calridge. Yo no estoy tan seguro.

La fortuna me ha bendecido con unos cuñados encantadores, pero tengo entendido que no es lo habitual. El pliego de cargos contra ellos es largo y variado. Ninguna habilidad les es ajena: llegan más deprisa a todas partes, aparcan siempre en la puerta, pagan menos que nadie por la hipoteca, van al gimnasio cada día… Con todo, la queja más frecuente es que tienen que opinar de todo. Sacas el coche nuevo del concesionario y no se limitan a comentar qué bonito o a preguntar si es híbrido. No. Te dicen: “¿Da masajes el asiento del conductor? El mío lo trae de serie”.

Los coches de los cuñados traen de serie las cosas más peregrinas: tiradores de las puertas iluminados, volante calefactable, control del equipo de música mediante gestos (cambias de emisora con una ondulación de la mano, como si fueras Herbert von Karajan). Los hay con retrovisores que proyectan el logo del fabricante en el suelo, por si al mundo le hubiera pasado inadvertido que es un Mercedes.

“Si alguien desarrollara un invento que callara a los cuñados, prestaría un servicio impagable a la humanidad”, sugirió alguien la otra noche en el Calridge.

Yo no estoy tan seguro. Como cualquier criatura de Dios, cumplen un propósito, y no menor.

Por razones comprensibles de economía, las personas tendemos a dejarnos llevar por los demás, incluso cuando sabemos que la conducta imitada es cuestionable. ¿Se acuerdan de las tarjetas black? Rodrigo Rato las ofreció a 86 consejeros y únicamente cuatro dejaron de usarlas (y dos de ellos porque aparentemente no las recibieron). “La fuerza del mimetismo es enorme”, escribe el psicólogo Iñaki Piñuel. Dejar de hacer lo que ves hacer a tu alrededor requiere una naturaleza especial. Una vocecita te repite machacona: “No seas tonto, si no pasa nada, ¿quién se va a enterar?”

Esta impecable argumentación debe, sin embargo, superar el análisis despiadado del cuñado, que examina la tarjeta por delante y por detrás y te la devuelve mirándote fijamente a los ojos: “¿Estás seguro de que es legal?” La mera verbalización de la sospecha nos irrita, y no hay que descartar que el cuñado no lo haga con esa intención. Pero ayuda a mantener la conciencia alerta.

Lo cómodo sería que nadie dijera nunca nada. No hay reacción más afable ante el comportamiento ajeno que encogerse de hombros y comentar: “Yo no soy quién para juzgar”. Hanna Arendt no estaba de acuerdo. Creía que esa aparente generosidad había hecho a la postre posible el Holocausto. ¡Por supuesto que debemos juzgar! En eso consiste la condición humana. A diferencia del resto de los animales, las personas no podemos vivir sin una opinión y, cuando renunciamos a formarnos una propia, acaban por imponernos una ajena.

Por fortuna, siempre hay un pelotón de cuñados dispuesto a salvar la civilización en el último instante.

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