Una inyección de contento

“¿Por qué me importa tanto?”, se preguntaba hace unos años un comentarista deportivo cuyo equipo acababa de perder la Super Bowl.

La Antigüedad veneró a los atletas como a semidioses. Los griegos ceñían con una cinta de lana la cabeza de sus campeones olímpicos, les entregaban una rama de palma y enviaban a los cuatro puntos cardinales heraldos que proclamaban sus gestas. Los poetas les dedicaban versos épicos, las ciudades les erigían estatuas. Y en Roma, los aurigas contaban con legiones de seguidores y cobraban sumas fabulosas. De Gaio Apuleyo Diocles se dice que llegó a amasar el equivalente a 10.000 millones de euros, lo que lo convierte en el deportista más rico de la historia, muy por delante de Cristiano Ronaldo o Leo Messi.

La pasión que inspiran estas estrellas ha sido un desafío para la psicología. Se ha atribuido a las neuronas espejo la facilidad con que nos ponemos en las botas de los futbolistas. “¡Menudo partidazo hemos jugado!”, comentamos exultantes mientras bajamos las escaleras del vomitorio, como si hubiéramos ejecutado personalmente el lanzamiento de falta, la asistencia, la volea imparable. Y está claro que las neuronas espejo desempeñan un papel, pero explican más el cómo que el porqué. Ni siquiera rozan el misterio que enunciaba hace unos años Bill Simmons, un comentarista estadounidense cuyo equipo acababa de perder la Super Bowl: “¿Por qué me importa tanto?”

La derrota supone un disgusto tan grande para el aficionado que, a medida que se acerca el momento del choque decisivo, su presión arterial y su frecuencia cardiaca se disparan. Cualquier tontería le irrita, se siente fatal. Suda, suspira, pierde el apetito y sonríe nervioso, incluso tiembla. En alguna ráfaga de lucidez se repite a sí mismo: “¿Estás idiota? Esto no es para tanto”, pero es una apelación inútil. Sabe perfectamente que solo hay un remedio efectivo: ganar. Únicamente la victoria lo redime.

¡Y cómo lo redime!

El contento le dura varios días y esa energía le permite afrontar la realidad con otro talante. Ya no le molesta tanto que otro automovilista le haga una pirula, que el jefe le llame la atención o que la barriga le impida verse la punta de los pies. Acepta con mejor talante que le lleven la contraria y disfruta más con los amigos, con la familia, con la vida.

Es verdad que de cuando en cuando toca gestionar el suplicio de la derrota, pero es la contrapartida inevitable de la alegría de la victoria. Después de todo, si no existe la posibilidad de perder, ¿cuál es el encanto de ganar? Además, basta con elegir un club grande (que es lo que la mayoría hace) para que esa eventualidad quede reducida a media docena de ocasiones. El resto de la temporada, la competición deportiva es una bendita inyección de autoestima y, por eso, desde la antigua Grecia la humanidad ha acudido regularmente a que se la administren en algún circo, algún anfiteatro, algún estadio.

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