Miguel

“Para vivir no quiero islas, palacios, torres”, escribe con razón Pedro Salinas. “¡Qué alegría más alta: vivir en los pronombres!”

Con apenas seis meses está mi nieto Miguel en lo que los psicólogos llaman la fase oral. Cualquier cosa que le das se la lleva a la boca. Ni la mira antes, ni la huele siquiera. Es su forma de conocer y no es ninguna tontería, porque la boca es la parte del cuerpo con más terminaciones nerviosas por milímetro cuadrado. Más adelante aprenderá a conocer con la mirada y con la palabra, porque no puedes ir chupándolo todo, por más terminaciones nerviosas por milímetro cuadrado que tengas en la boca. Pero Miguel no está ahí todavía. De momento, prefiere chupar y, cuando no tiene nada mejor, prueba con su puño. Se lo mete con cierta desesperación, como si lo que quisiera meterse fuese en realidad el brazo entero y estuviera probando cuál es el mejor ángulo de ataque. Pone tal empeño que, si esta etapa del desarrollo durase unos meses más, acabaría desapareciendo todo él, devorado por sí mismo.

La autosucción es una agotadora empresa a la que consagra una importante parte de su agenda de bebé, pero el grueso del día lo pasa sumido en un sueño profundo y obstinado, del que ni siquiera lo arrancan los penetrantes ladridos de Lupe, los timbrazos del repartidor de Amazon o el estrépito de los autobuses de la EMT. Él sigue en su sillita, sin inmutarse, con el cuello torcido en un ángulo inverosímil, como si debajo de la piel no tuviera articulaciones, sino borra, hasta que siente hambre y reclama a pleno pulmón su leche de fórmula. La bebe con avidez y es en esos instantes de plétora vital, bien comido y bien dormido, cuando empieza a regalar sonrisas.

En este mundo inhóspito, Miguel ha descubierto que el modo más rápido de captar la atención ajena (después de chillar) es sonreír. Lo hace a diestro y siniestro y un poco a voleo, sin reparar mucho si el destinatario es el abuelo o un operario de Endesa que ha venido a leer el contador. Esa universalidad no le resta, sin embargo, eficacia. Te hace sentir distinto, especial, próximo.

Con el tiempo Miguel se dará cuenta de que esa sensación de cercanía es lo más valioso que depara la existencia e irá poco a poco cerrando el abanico de su regocijo, volviéndose más selectivo, más intenso. Del actual afecto indiscriminado por la especie pasará a los amiguitos de la guarde, a la pandilla adolescente, a la pareja. Le enseñarán que hemos inventado un complicado sistema de nombres y apellidos para clasificar a los humanos y que, paradójicamente, cuanto más datos facilitamos de alguien, menos nos importa. Si llamamos a alguien Antonio López García es porque seguramente tenemos un trato superficial con él. Antonio, a secas, lo reservamos para alguien entrañable. Y la auténtica intimidad, la felicidad completa es dar con una persona para la que no necesitas más presentación que un pronombre, con la que te basta decir: soy yo, sin más títulos ni historias. “Para vivir no quiero islas, palacios, torres”, escribe con razón Pedro Salinas. “¡Qué alegría más alta: vivir en los pronombres!”

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