La obra más celebrada de Albinoni

En materia de arte, somos bastante más esnobs de lo que nos gusta admitir. Todos…

Mi mujer y yo nos hicimos novios en el otoño de 1977 y aquellas Navidades me regaló la versión de I Musici del Adagio de Tomaso Albinoni. Recuerdo bien aquel vinilo de tapas verdes y, cada vez que escucho la pieza en Spotify o la radio, me devuelve a mis 20 años, a primero de carrera, a una de las épocas más felices de mi vida. No sabía, sin embargo, nada de aquella composición. ¿Cómo eran los otros dos movimientos? ¿Fue un encargo profesional o la genialidad de un diletante? Decidí averiguarlo y la respuesta es sorprendente.

Resulta que no hay más movimientos. Tampoco pruebas documentales o testificales de la autoría de Albinoni. La primera noticia de su existencia es de mediados del siglo XX, cuando el musicólogo Remo Giazotto anunció que había rescatado unos fragmentos de una sonata para cuerdas y órgano entre las ruinas de la Biblioteca Estatal de Dresde, reducida a escombros por la aviación aliada en 1945. Dado que allí se conservaba la obra de Albinoni, se aceptó sin dificultad la atribución de Giazotto, un reputado experto en el barroco. A la igualmente prestigiosa casa Ricordi le entusiasmó la partitura, la editó y, desde entonces, la han grabado Herbert von Karajan, Pierre Boulez, St. Martin in the Fields, I Musici…

Sin embargo, la Biblioteca Estatal de Dresde desmintió que aquellos fragmentos formaran parte de su colección y, aunque Giazotto nunca se retractó, se considera hoy que el Adagio es una creación suya. ¿Qué pudo impulsarlo a hacer algo así? Cabría esperar en todo caso lo contrario: que tropezara con una pieza desconocida de Albinoni, se la apropiara y dijera: “Mirad lo que he compuesto”. Pero, ¿por qué renunciar a la autoría de algo, especialmente de tanto mérito aparente?

No se trata, por lo visto, de un caso aislado. La Wikipedia dedica al “engaño musical” un artículo en el que recoge una treintena larga de obras de Mozart, Haydn y varios Bach que no son ni de Mozart ni de Haydn ni de ningún Bach. La razón habitual de estas mistificaciones es comercial. En el siglo XVIII, si ponías al frente de una partitura que era de Haydn, tenías garantizadas unas ventas abundantes. El plusmarquista de la especialidad no es, sin embargo, ningún muerto de hambre, sino Fritz Kreisler, uno de los más grandes violinistas de la historia. El artículo de la Wikipedia le asigna 16 atribuciones fraudulentas, que incluyen a Boccherini, Vivaldi, Couperin o Cartier. Cuando se destapó el pastel y le preguntaron por qué había ocultado así su talento, respondió diplomático que “habría sido impúdico y poco delicado repetir tanto mi nombre en los programas”, aunque tampoco ocultó que había disfrutado ridiculizando a esos “esnobs” que decretan ante qué música debemos extasiarnos y la “juzgan únicamente por el nombre del autor”.

Ninguna de estas razones explica del todo la falsificación del Adagio. No parece que Giazotto quisiera ganar dinero. Tampoco consta que deseara burlarse de la comunidad de expertos de la que él mismo formaba parte, aunque sí sabía que esta sería implacable con su composición. Y sin un buen padrino, ¿qué vida le aguardaba? Si el Adagio hubiera llevado su apellido en lugar de Albinoni, ¿lo habría editado Ricordi? ¿Lo habrían grabado Karajan, Boulez, St. Martin in The Fields, I Musici? ¿Se le habría dado tanto mérito?

En teoría, deberíamos valorar cada obra de arte en función de sus virtudes, no de su genealogía. En la práctica, estamos más pendientes de lo que nos gusta admitir del veredicto de esos esnobs a los que se refería Kreisler. Por pereza, cobardía o ignorancia, toleramos que fijen el canon. Sin su aquiescencia nadie accede a la buena sociedad e, igual que esas madres humildes que alumbran criaturas a las que no podrán proporcionar las oportunidades que se merecen, Giazotto dio a la suya en adopción y no solo logró que sobreviviera al anonimato, sino que la convirtió en la más celebrada de Albinoni.

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