El hermano olvidado

Nos quedan enormes desafíos por delante: guerras, corrupción, desempleo, desastres naturales. Pero también hemos realizado avances tremendos.

Durante generaciones, en mi familia ha sido tradicional que el primer hijo varón herede el nombre paterno, pero mi abuelo se llamaba Fernando y a mi padre, que era el mayor de los hermanos, le habían puesto Miguel. Tardé mucho en enterarme de que no había anomalía ninguna. Mi padre no era el primogénito. Había habido otro hermano antes, bautizado efectivamente como Fernando, pero a los dos años se cayó en un brasero y murió de las quemaduras. Las cosas eran así de crudas en la España de hace un siglo. Vino después la guerra civil. Mi padre la pasó en Orihuela. Una mañana unos milicianos fueron a buscar a su tío. Lo maniataron y, cuando lo estaban montando en la caja del camión, preguntaron a sus dos hijos que contemplaban la escena horrorizados: “Vosotros, ¿qué edad tenéis?” “Yo acabo de cumplir 15”, balbució el mayor. Los milicianos se miraron entre sí unos instantes y le dijeron: “Sube tú también”.

En Orihuela al menos no padecieron el hambre de Madrid o Barcelona. Mi abuela materna tuvo que fregar muchas escaleras para sobrevivir a aquellos tres terribles años y los que vinieron después. Ninguno de sus hijos acabó los estudios. Mi tío Rodolfo se metió de aprendiz en un taller en cuanto tuvo uso de razón. A mi madre la matricularon en una academia de secretariado y a los 16 años entró en un concesionario de coches. Por esa época más o menos conoció a mi padre, que se había gastado en un traje su primer sueldo. No era un gran sueldo y apenas le dio para una tela verde que el sastre había sido incapaz colocar. En el barrio de mi madre pasó rápidamente a ser conocido como “el del traje verde” y, aunque poco atractiva de color, debía de ser una tela resistente, porque el traje lo heredó y lució mucho tiempo un amigo poeta.

Aquellos jóvenes recibieron un país destrozado. En 1946 la estadística oficial aún registraba 1.120 fallecidos por inanición, una cifra estremecedora, pero que da una idea pálida del nivel real de sufrimiento, porque, como escribe Pío Moa, cada muerto “supone la existencia de decenas o cientos de personas con graves carencias”. Toda la literatura de la posguerra está traspasada por la miseria física y moral. Andrea, la protagonista de Nada, habla de “aquella cavernosa sensación de hambre que tenía siempre”. Y los protagonistas de La Colmena desfilan escuálidos y melancólicos, mirando con envidia a los pocos afortunados a los que les va bien, como don Mario de la Vega, un impresor al que Cela describe fumando “un puro que parece de anuncio”. “¿Quiere usted fumarse uno?”, le pregunta a “un raquítico y sonriente” vecino de mesa del café. Y cuando este le responde ilusionado: “¡Hombre!”, le dice: “Pues trabaje usted como trabajo yo”, y suelta “una carcajada violenta, descomunal”.

Así y todo, la generación de mis padres se las arregló para entregar una sociedad democrática y digna. Los hijos fuimos a la universidad, nos hicimos periodistas, psicólogos, maestros, directivos. Basta ver una película de los años 40, 50 o incluso 70 para comprobar el salto cuántico que ha experimentado este país.

Y no solo este país. “La inmensa mayoría de la población mundial vive hoy en algún punto situado en la mitad de la escala de ingresos”, escribe Hans Rosling. “Puede que no sean lo que consideramos clase media, pero no viven en condiciones de pobreza extrema. Sus niñas van al colegio, sus hijos son vacunados, viven en familias de dos hijos y quieren viajar al extranjero de vacaciones, no como refugiados. Paso a paso, año tras año, el mundo va mejorando”.

Por eso, cuando veo en un anuncio que unos mocosos nos ordenan arrogantes: “¿A qué esperáis para hacer algo?”, no puedo por menos de sentir cierto desaliento. Por supuesto, quedan enormes desafíos: guerras, corrupción, paro, desastres naturales. Pero también hemos realizado avances tremendos, aunque se olviden como el hermano de mi padre que se cayó en un brasero a los dos años.

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