La muerte de Montaigne

El fin no justifica los miedos.

No se conserva ningún testimonio directo de la muerte de Michel de Montaigne. Las únicas referencias son las cartas de dos amigos que no estuvieron presentes. Uno de ellos habla de un desenlace aceptado “con dulzura”, incluso “dichosamente”.

¿Hay que imaginar a Montaigne sonriendo en el lecho final?

Durante años, el autor de los Ensayos padeció esa “morbosa obsesión” que atenaza a quienes dedican “demasiado tiempo a leer a los clásicos”, escribe Sarah Bakewell. “La muerte era un tema del que los antiguos nunca se cansaban”. Cicerón lo había resumido claramente: “Filosofar es aprender a morir”.

El método quizás funcionara con algunas personas, pero no con Montaigne. La aguda conciencia de la fugacidad de la existencia lo sumía en una negra melancolía en las circunstancias más insólitas. Por ejemplo, en mitad de una parranda se acordaba de ese joven que, tras abandonar una fiesta con un poco de fiebre, había fallecido antes incluso de que sus compañeros de juerga se hubieran repuesto de la resaca. “Le asustaba tanto perder la vida”, cuenta Bakewell, “que era incapaz de disfrutarla”.

Las duras condiciones de la Francia del siglo XVI tampoco ayudaban. A los 30 años Montaigne había perdido a Étienne de la Boétie, al que siempre consideró su alma gemela. Su hermano sufrió un derrame fulminante después de recibir un pelotazo en la cabeza durante un partido de juego de palma. Su primera hija sobrevivió dos meses y, de las cinco siguientes, apenas una alcanzó la edad adulta. “¿Cómo podemos librarnos de la idea de la muerte”, se preguntaba desesperado, “de la sensación de que en cualquier momento va a agarrarnos por el cuello?”

La respuesta no iba a encontrarla en los manuales estoicos, sino en los humildes campesinos que le cuidaban los viñedos. Montaigne cuenta que jamás vio a ninguno de ellos reflexionar sobre cuál era la disposición correcta para afrontar el último trance. “La naturaleza les enseña a no pensar en la muerte más que en el instante de morir”. Era algo demasiado breve, un “mal cuarto de hora” para el que no hacía falta ninguna preparación particular. Puestos ante la tesitura, todos sabemos cómo actuar.

Montaigne no hablaba a humo de pajas. Al filo de la cuarentena había tenido que asumir la gestión del patrimonio familiar. Decenas de personas habían pasado a depender de sus decisiones y, para alguien propenso a la depresión, una dosis adicional de estrés no parecía lo más indicado. Su vía de escape era pasear a caballo y, durante una de esas cabalgadas, uno de sus acompañantes lo arrolló y “se abatió sobre él como un coloso”. Montaigne perdió el sentido de inmediato. Su séquito lo reanimó y, camino del castillo, vomitó sangre varias veces. Era “un síntoma alarmante” y, posteriormente, le contarían que no había dejado de retorcerse y desgarrarse el jubón con las uñas. Sin embargo, la impresión que lo dominaba era de tranquilidad. “Mi vida pendía al borde de mis labios” y “cerraba los ojos” no para retenerla, sino para “ayudarla a salir”. Sentía “una infinita dulzura”.

Nunca más volvió a experimentar miedo ni melancolía. El accidente lo convenció de que no había que temer a la no existencia. Fallecías del mismo modo que quedabas dormido: dejándote ir. Los sabios de la antigüedad se habían obsesionado por mantener el control, pero lo que funcionaba era la gramática parda de los campesinos. No había que aprender nada. Había que desaprenderlo todo. “La naturaleza te dirá qué hacer llegado el instante, de manera plena y suficiente”.

Sí, hay que imaginar a Montaigne sonriendo.

2 comentarios en “La muerte de Montaigne

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s