Siempre es una palabra terrible

“La única diferencia entre el capricho y la pasión eterna es que el capricho dura un poco más” (Oscar Wilde).

En julio de 1973, mientras un telesilla lo arrastraba a la cima de la montaña de Aspen, John Denver concibió un himno al amor imperecedero: la Canción para Annie. “Déjame entregarte mi vida”, dice la letra. “Déjame morir en tus brazos, déjame tenderme a tu lado, déjame estar siempre contigo”. La destinataria era su entonces esposa, Annie Martell, de la que se divorciaría unos años después, tras admitir “múltiples episodios de infidelidad”.

Aunque podría pensarse que Denver es uno más de una larga lista de canallas, ¿por qué dudar de su sinceridad? Seguramente adoraba a Annie en ese momento y creía que el ardor lo inflamaría siempre, pero como lord Henry le advierte a Dorian Gray en la novela de Oscar Wilde, siempre es “una palabra terrible”. Nuestra obsesión por que lo bueno perdure nos atormenta, nos impide disfrutarlo plenamente e incluso puede acabar echándolo a perder prematuramente. De ahí que lord Henry añada mordazmente: “La única diferencia entre el capricho y la pasión eterna es que el capricho dura un poco más”.

No hace falta ser un cínico para compartir la butade de Wilde. Basta con reconocer humildemente que determinadas realidades escapan a nuestro control, siendo la atracción física una de ellas. El paso del tiempo es implacable. Las carnes pierden firmeza, echamos tripa y papada, nos arrugamos y encorvamos. Peor aún: lo que en el arrebato inicial nos parecían virtudes se tornan defectos y ese lunar que tienes, cariño mío, junto a la boca, dáselo a quien te dé la gana, porque lo he mirado más de cerca y resulta que es una verruga.

Y el problema no es solo lo que nos ocurre por fuera. También envejecemos por dentro. “La gente subestima lo mucho que cambiará en el futuro”, escribe el psicólogo Dan Ariely. “Tendemos a pensar que ahora mismo, en este preciso instante, nos hemos convertido en la persona que seremos el resto de nuestra existencia”. Ariely refiere una investigación en la que se preguntó a 19.000 individuos de entre 18 y 68 años si sus gustos musicales habían evolucionado en la última década y si creían que evolucionarían igualmente en la siguiente. “Personas de todas las edades admitieron que habían cambiado mucho, pero no esperaban hacerlo más”. Se trata, sin embargo, de la “ilusión del fin de la historia”: la idea de que el pasado habría sido un ensayo, un mero tanteo, una preparación para la madurez actual y definitiva.

Este sesgo cognitivo tiene un costado entrañable y hasta divertido, que se pone de manifiesto cuando un álbum de fotos familiares cae en manos de un hijo o de un sobrino. “¡Menudos pantalones! Y no te pierdas los cuellos de las camisas, parece que van a echar a volar. ¿De verdad salíais así a la calle?”

Por desgracia, este espejismo no opera únicamente en el ámbito privado. Muchos ciudadanos piensan también que hemos alcanzado el cénit en política y moral y se creen autorizados a juzgar y condenar a nuestros ancestros desde la altura de los tiempos. Derriban estatuas, proscriben ideas y queman libros, pero su arrogancia es tan perecedera como la Inquisición, el Reich de los mil años o el amor de John Denver por Annie.

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