La muerte de Marco Aurelio

Los estoicos observaron que los más desesperados por huir de la muerte son a menudo quienes antes caen en sus brazos.

En el año 180, al término de un riguroso invierno, Marco Aurelio agoniza en su campamento militar de Vindobona, la Viena actual. Lleva seis días con fiebre, sufre una hemorragia interna y todo indica que no saldrá adelante. Sin embargo, a los médicos y cortesanos que lo rodean les parece “extrañamente tranquilo, casi indiferente”, escribe Donald Robertson. “Se ha estado preparando para este momento la mayor parte de su existencia”.

La muerte no es para él ninguna extraña. Su padre falleció siendo él muy pequeño. De los 13 hijos que su mujer le dio, apenas cinco viven. El resto se fue antes de su hora. El pequeño Marco se desangró en la mesa del cirujano mientras removían un tumor de su oreja. Al principio, el emperador se afligía terriblemente, pero los estoicos le enseñaron cómo amar a los demás y soportar su marcha. Ya no grita más “¿Por qué?”, ni “¿Cómo es posible?” Sabe que es una realidad inescapable, que rebelarse contra ella tiene tanto sentido como lamentarse de que no podemos volar como pájaros. Derrama lágrimas, pero como un hombre sabio: serenamente, sin alzar el puño contra el cielo ni atizar el dolor.

Pero mientras la muerte no comparece, la prioridad es la vida y aún tiene asuntos que atender. Ordena que llamen a su familia y su círculo íntimo de cortesanos. Empieza a despedirse, pero su cuerpo está exangüe y se desmaya a mitad de parlamento. Algunos de los presentes rompen a llorar. Marco Aurelio se recupera. Les sonríe y los insta a preocuparse por el lío que les lega, no porque se retire a un destino que a todos nos aguarda. “Y ahora”, añade, “con vuestro permiso, voy a adelantarme”.

Todavía le queda una última entrevista. Convoca a Cómodo, su sucesor, y le pide que dé a la campaña contra los marcomanos una conclusión satisfactoria. Esta no es otra que la victoria. Una paz apresurada se interpretaría como una infamia, después de tantos recursos invertidos y tantas vidas perdidas.

Tan pronto como Cómodo se retira, Marco cubre su cabeza con una sábana y cae en una ensoñación. Se siente aliviado de que el alboroto termine. Ha llegado la hora de que el río lo arrastre. Cuando se considera racionalmente, la muerte no es peor que el sueño. Nos devuelve a ese estado de inconsciencia en el que yacíamos antes de nacer. Estuvimos muertos por incontables eones antes de venir a la Tierra. Entonces no nos importó. ¿Por qué había de hacerlo ahora?

Así se desliza suavemente hacia su propia disolución. “No viviré para ver otro amanecer”, piensa. “No importa”.

Cómodo tardará poco en traicionar su confianza. La muerte lo aterra. Piensa que cuanto más permanezca en aquel campamento, más posibilidades tiene de contraer la pestilencia que ha matado a su padre. Tras comprar el cese de hostilidades de las tribus bárbaras mediante enormes sobornos, abandona el Danubio y regresa a Roma.

“Los estoicos”, dice Robertson, “observaron que los más desesperados por huir de la muerte son a menudo quienes antes caen en sus brazos, y ese parece el caso de Cómodo”. Lo asesinaron con 31 años. Como había advertido su padre, ninguna escolta, por nutrida que sea, protege al mandatario que no se ha ganado el respeto de sus súbditos.

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