Yo soy el que soy

Sin la paz que proporciona la sabiduría, ¿de qué valen la riqueza y la fama? Y si tienes la paz, ¿para qué necesitas la riqueza y fama?

El padre de Donald Robertson falleció cuando él apenas tenía 13 años. “Era un hombre humilde y decente”, recuerda. Se ganaba la vida manejando una excavadora y cada noche volvía a casa exhausto, con las manos cubiertas de grasa y polvo. La paga no era generosa y no había dinero para nada, pero siempre predicó que la riqueza no traía la felicidad. De palabra y obra. En su juventud le habían dejado una granja en herencia y la había rechazado.

Lo único que le legó a Donald fue una vieja billetera de cuero. Su madre se la entregó tras el funeral. La abrió lentamente. Dentro no había más que un trozo de papel desgastado. Era un pasaje del Éxodo: “Y Dios le dijo a Moisés: Yo soy el que soy. Y dirás a los hijos de Israel: el que es me ha enviado ante vosotros”.

Donald no entendía nada: ni aquel legado miserable ni por qué su padre le había sido arrebatado. No estaba listo y lo llevó muy mal. Se volvió susceptible y depresivo. No iba a clase, discutía con los profesores, se peleaba con los compañeros. Acabó en un programa para adolescentes problemáticos, siempre con aquel acertijo indescifrable dándole vueltas en la cabeza: Yo soy el que soy.

En busca de consuelo se refugió en la lectura. Así descubrió a Sócrates. Hacer filosofía, enseñaba el viejo maestro, nos ayuda a superar nuestro temor a la muerte. La clave era el manejo de cuatro virtudes: justicia, prudencia, fortaleza y templanza. Con esa caja de herramientas, Sócrates había afrontado serenamente su envenenamiento. En lugar de disculparse y hacer que su esposa e hijos desfilaran llorando frente al jurado para implorar su perdón, siguió disertando en su celda sobre la importancia de la sabiduría. Sin la paz que proporciona, explicaba a sus discípulos, ¿de qué valían la riqueza y la fama? Y si tienes la paz, ¿para qué necesitas la riqueza y fama?

Esas cuatro virtudes clásicas son las que la Iglesia adoptaría posteriormente como cardinales. Santo Tomás les sumó las teologales (fe, esperanza y caridad) para reunir las siete virtudes celestiales.

Pero también nos han llegado a través de la masonería. Son las cuatro esquinas de la logia. De ahí las había tomado, de hecho, el padre de Donald. Ese credo había moldeado su carácter, su generosidad, su desprendimiento. También eran la clave de su notita. Durante el rito de iniciación, al candidato se le pregunta: “¿Eres un masón del Real Arco?” A lo que él responde: “Yo soy el que soy”.

Cuentan de un santo que viajaba con una enorme piedra preciosa. Un día tropezó con un pobre que se la reclamó. “Toma”, respondió el santo sin ofrecer resistencia. El pobre se alejó extrañado de su generosidad y, al cabo de unas horas, dio media vuelta y volvió junto al santo. “Lo he pensado mejor”, le dijo. “No quiero tu joya. Lo que quiero que me des es lo que te ha permitido dármela sin titubear”.

Era lo mismo que había en aquella vieja billetera de cuero y no resultó un legado tan miserable.

Un comentario en “Yo soy el que soy

Responder a artemisa66 Cancelar respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s