La singularidad madrileña

Cosas sabidas, que yo mismo he contado, pero que vienen al pelo ahora que Sánchez quiere descapitalizar la capital.

Vives en una ciudad como en un barco, rodeado de torres como mástiles. El ruido de las hormigoneras y los martillos neumáticos, de los autobuses y las taxis, ese fragor constante es en realidad el ronroneo de la sala de máquinas. La ciudad no se está quieta, viaja sin descanso y, si cierras los ojos, puedes incluso sentir el cabeceo. ¿Adónde va la ciudad? Muy sencillo: adonde su tripulación la lleva.

Hace algún tiempo me mandaron a cubrir la presentación de un dosier de The Economist sobre Hong Kong y le pedí a su autor que me explicara a qué atribuía el éxito de la excolonia británica. “A la libertad”, me dijo escuetamente. La prosperidad no es producto de la cuidadosa planificación de los cuerpos superiores de la Administración. El experto en desarrollo Dani Rodrik preguntó en cierta ocasión: “¿Puede alguien darme el nombre del economista occidental o del trabajo de investigación en que se basaron las reformas chinas?” Nadie ha podido contestarle. No existe el modelo chino. China es el antimodelo, la apoteosis del pragmatismo. Aprovecha lo que funciona y lo que no, lo tira, sea comunista, capitalista o mediopensionista. Su arquitecto no fue Deng Xiaoping. No hubo arquitecto. Fue la obra de millones de personas a las que se brindó la oportunidad de buscarse la vida, y no hay fuerza comparable al ingenio humano. Cuando lo dispensas de trabas, cuando le das esa libertad de la que hablaba el redactor de The Economist, encuentra el modo de aprovechar los recursos para resolver sus necesidades.

Y el progreso y la riqueza consisten en eso: en usar los recursos de forma cada vez más eficiente. Nuestros ancestros elaboraban con la arena de sílice pigmentos para pintar sus cavernas. Nosotros hacemos chips con los que hemos llegado a la Luna. La curva que va de Altamira al mar de la Tranquilidad no es una línea continua. Está formada por miles de puntos, de pequeñas contribuciones que se refuerzan unas a otras. Algunas son fruto de la genialidad, otras de la fortuna, otras de accidentes geográficos. Los británicos se establecieron en Hong Kong por las condiciones que ofrecía su bahía. De igual modo, Barcelona nunca habría sido un polo industrial de no haber estado en la costa.

Madrid es un caso singular. Muy pocas capitales se levantan lejos del mar o de un río navegable. No está claro por qué Felipe II trasladó allí su corte. Dicen que por la aversión a Toledo de Isabel de Valois, su tercera y más querida esposa. Sea como fuere, aquella decisión atrajo a aventureros de toda laya que han convertido aquel poblachón en la primera economía regional.

Pedro Sánchez y algunos barones socialistas han caído ahora en la cuenta de que la capitalidad constituye una competencia desleal y pretenden trocearla, pero es dudoso que una distribución más equitativa de ministerios y entes públicos vaya a trasfundir la vitalidad de Madrid a otras comunidades.

En primer lugar, las economías de aglomeración no se revierten así como así. Durante décadas el puerto más importante de Estados Unidos fue Filadelfia, pero Nueva York lo desbancó tras la apertura del canal Erie. Esta vía fluvial conectaba el Atlántico con los Grandes Lagos y ponía al alcance de las embarcaciones que accedían al país por el río Hudson un mercado mayor que a los que entraban por el Delaware. “El canal lleva, sin embargo, un siglo siendo más una atracción turística que una ruta seria de transporte”, escribe Paul Krugman, “pero Nueva York no ha dejado de ser la principal ciudad”.

Y en segundo lugar, aunque el fenómeno de Madrid es incomprensible si se saca la capitalidad de la ecuación (como el de Hong Kong no se explica sin su bahía), al final dónde acaba una ciudad depende de su tripulación, de que se la deje hacer y no se pongan trabas a su talento, y eso no lo va a cambiar una “segunda transición territorial”.

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