Nostalgia de la historia

“No tenemos ninguna garantía ni podemos asegurar a las generaciones futuras que no habrá otros Hitler o Pol Pot”, alerta Fukuyama.

A Mariano Rajoy no le entusiasmaban las ruedas de prensa con preguntas y en 2013 dio algunas por plasma. No voy a decir que aquello me gustara, pero en ciertos medios de la izquierda se convirtió en la prueba irrefutable de su talante antiliberal. Yo colaboraba por aquella época en la SER (no duré mucho) y tenían ustedes que oír a mis compañeros de tertulia: era un atropello, una barbaridad, la muerte de la democracia… Muchos años después, las tornas han cambiado y son ahora los medios de la derecha los que tachan a Pedro Sánchez de comunista.

Se trata de claras exageraciones. Ni Sánchez ni Rajoy ni Zapatero ni Aznar son peligrosos radicales. Al contrario. Se presentan a sí mismos como herederos de los valores de la Transición, lo que corrobora la tesis de que en materia ideológica la historia se ha acabado y “el ideal de la democracia liberal no puede ser superado”, como anunció en su famoso ensayo de 1989 Francis Fukuyama.

A Fukuyama le llovieron entonces todo tipo de críticas, buena parte fruto de un chusco malentendido. Como argumenta Juan García-Morán Escobedo en el prólogo de la edición española, Fukuyama nunca se refirió con la expresión “fin de la historia” a la supresión de eventos o conflictos significativos, “como algunos de sus más apresurados y atolondrados intérpretes corrieron a señalar”. Historia se usaba en el más restrictivo sentido hegeliano de “historia de la ideología”. Su final era el del debate sobre el mejor sistema de gobierno y, en Occidente, el consenso a favor de la democracia liberal es ciertamente abrumador. ¿Qué político se proclama hoy antidemócrata?

Esta práctica unanimidad resulta tranquilizadora, pero Fukuyama ya alertaba de que “ningún régimen ni sistema socioeconómico puede satisfacer a todos”. Muchos ciudadanos se han entregado al hedonismo. Otros, por el contrario, abominan de esa vida decadente. Recuerdan con nostalgia un pasado en el que aún había historia y, ante la perspectiva insoportable de siglos de tedio, siguen movilizados en pos de algún grandioso objetivo. Por ello, dice Fukuyama, “no tenemos ninguna garantía ni podemos asegurar a las generaciones futuras que no habrá otros Hitler o Pol Pot”.

Este riesgo es modesto mientras las cosas van razonablemente. Los insatisfechos escasean entonces. Pero cuando estalla una crisis y la democracia ni siquiera satisface su limitada promesa de paz y prosperidad, las filas del desencanto engordan y los vendedores de quimeras se encuentran con una amplia y crédula audiencia.

Vivimos uno de esos momentos y conviene tentarse la ropa antes de lanzar proclamas excesivas. Cuando los medios conservadores acusan a Sánchez de que con la ley de vivienda o la subida del salario mínimo se ha arrojado en brazos del comunismo, ¿a quién favorecen? Las medidas van a tener un impacto modesto tanto en la oferta de pisos como en el empleo. Eran una concesión simbólica, pero la campaña de protestas de la derecha la ha agigantado y Podemos puede ahora alardear de que el marxismo todavía tiene algo que ofrecer y la historia no ha terminado.

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