La economía mundial no enfila un iceberg

Por supuesto, todo puede siempre torcerse. Igual Pekín invade Taiwán o delta plus se desmelena, pero con los datos de que disponemos hoy no hay motivos para la alarma.

El presidente de la firma de pavimentos y productos cerámicos Pamesa, Fernando Roig, alertó la semana pasada de que su factura del gas fue de ocho o nueve millones de euros en noviembre y en diciembre pagará 32 millones: cuatro veces más. “No tenemos más remedio”, advirtió, “que trasladar esta barbaridad al consumidor”. Los fletes están también por las nubes: llevar un contenedor de 10 metros de Shanghái a Los Ángeles costaba hace un año 3.700 dólares; hoy sale por 17.400. Según Salesforce, el comercio minorista afronta en Estados Unidos un sobrecoste de 223.000 millones: el PIB de Perú. Los infatigables marxistas anuncian (por enésima vez) que el capitalismo se desliza al “caos” por culpa del mercado y hasta la patronal toledana cree que la recuperación “se tambalea”.

Hablar de que la recuperación se tambalea cuando la previsión de PIB del Fondo Monetario Internacional para España es del 5,2% este año y del 6,4% el que viene suena como poco exagerado. Sí es posible, sin embargo, que la evolución de los carburantes y el transporte se traslade a los precios y lance una espiral inflacionista, lo que llevaría al BCE a liquidar su política acomodaticia y pondría un abrupto final a la expansión.

¿Cómo de probable es ese riesgo?

Primero, el dato de Pamesa es ciertamente escandaloso, pero la azulejera es una actividad muy intensiva en energía y su recibo de la luz es poco representativo. Como se explica en este artículo publicado por el Banco de España, “el grueso de las empresas, con independencia de su tamaño, dedica entre el 1% y el 2% de todas sus compras en bienes y servicios a proveerse de electricidad”.

Segundo, el transporte supone “menos del 3% del coste final de producción”, según este boletín del Banco Central Europeo. Los 223.000 millones de dólares que abonará de más el retail de Estados Unidos no son tan alarmantes cuando se ponen en relación con la facturación del sector, que en 2020 rozó los seis billones: el PIB de Japón. Incluso aunque el Harpex (el índice que publica la compañía de servicios marítimos Harper Petersen) aumentara un 50%, apenas añadiría 25 décimas al IPC.

Tercero, la espiral inflacionaria depende de cómo reaccionen los sueldos. En los años 70 era muy común que estos estuvieran indexados al IPC y, con cada alza del coste de la vida, reaccionaban con otra igual o superior. Dado que los sueldos son la partida principal de las compañías, estas no tenían más remedio que aumentar los precios para preservar sus resultados (o no entrar en pérdidas), lo que provocaba otra ronda de subidas salariales, y vuelta a empezar. Es dudoso que esta retroalimentación se ponga ahora en marcha. De hecho, a principios de siglo ya vivimos aumentos de los costes de producción que no se trasladaron al IPC, como argumenta este análisis de Arcano Economics. La razón es que las cláusulas de salvaguarda que indician las retribuciones a los precios son hoy la excepción, no la regla. En España afectan al 17% de los trabajadores acogidos a negociación colectiva.

Y esta desindexación, ¿no anticipa una pérdida de capacidad adquisitiva? No es que la anticipe, es que ya se ha producido. Los encarecimientos del transporte y la energía nos han hecho más pobres. Debemos aceptarlo y confiar en que sea algo pasajero, y no hay motivos para pensar lo contrario. Las restricciones en Asia por el covid son la causa de las disrupciones logísticas y con la vacuna irán a menos. La apreciación del gas, gran responsable de que el megavatio se haya disparado, es consecuencia de una serie de catastróficas desdichas: la explosión de la demanda al reabrirse la economía, las olas de frío de enero (¿se acuerdan de Filomena?), la interrupción del suministro noruego por mantenimiento, la falta de viento… Esta tormenta perfecta ha vaciado las reservas, pero a medida que se repongan, la cotización volverá por donde solía.

¿Bajarán entonces el resto de precios? No inmediatamente, pero aquí es donde entra ese avieso mercado al que los marxistas culpan de nuestros males. Si funciona como es debido, en cuanto los márgenes se lo permitan muchos patronos abaratarán sus bienes para arrebatar cuota a los rivales. Quizás el señor Roig no figure entre ellos, pero su hermano Juan, el dueño de Mercadona, seguro que es uno de los primeros.

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