La vida en la sobrenaturaleza

¿Supone la revolución digital una oportunidad o es más bien una oscura dinámica de fabricación de cretinos?

El otro día fui a cambiar la pila de la llave del Toyota a un gran almacén y el operario no tenía ni idea. “Es la primera vez que veo una así”, confesó, pero en seguida me tranquilizó: “Voy a buscarla en YouTube”. Y efectivamente no tardó ni dos minutos en dar con un vídeo explicativo y destripar la llave con ayuda de un destornillador.

Corren malos tiempos para los sabelotodo. Cuando en alguna reunión surge una duda, nadie se vuelve hacia ellos. Echamos mano del smartphone y le consultamos directamente: “Oye, Siri, ¿cuántos años tiene Jane Fonda?” Estos y otros controvertidos asuntos (como la estatura de las estrellas de cine o si Cristiano Ronaldo ha marcado más goles que Pelé) solían dar pie a enconados debates familiares. Internet nos ha devuelto la paz, pero algunos creen que a un precio excesivo. “Esta revolución digital”, plantea el neurocientífico Michel Desmurget, “¿supone realmente una oportunidad para los más jóvenes o es más bien una oscura dinámica de fabricación de cretinos?”

La dependencia de la tecnología no es nueva. Llevamos siglos externalizando habilidades. Renunciamos a tirar del arado para dejárselo a las bestias y confiamos los detalles de los contratos a tablillas de barro, y no a la incierta retentiva de las partes. Tampoco es nueva la tecnofobia. Platón ya alertó por boca de Sócrates contra la escritura. Temía que las personas abandonaran “el cuidado de conservar los recuerdos” y se convirtieran en “ignorantes” y “falsos sabios”, pero ha sucedido lo contrario. En 1984 James Flynn demostró que el cociente intelectual de los estadounidenses había aumentado a un ritmo de 15 puntos por generación. Aunque este “efecto Flynn” ha sido corroborado por muchos estudios posteriores, últimamente se aprecia cierta regresión. Podría tratarse de una oscilación dentro de una tendencia general alcista, pero ¿y si no lo fuera?

Los problemas principales tienen que ver con la concentración y la memoria, y no es descabellado atribuir su debilitamiento a los dispositivos actuales, cuya sofisticación no es comparable a la de la yunta de bueyes o la tablilla de cera. Muchos son auténticas cajas negras. Cuando antes se te encendía una lucecita roja en el salpicadero, abrías el capó y podías identificar las distintas partes del motor. Hoy solo ves una plancha y, cuando llevas el coche al taller, no aparece un mecánico con un mono grasiento y un cigarrillo detrás de la oreja, sino un tipo con una inmaculada bata blanca que conecta su ordenador a un puerto USB. Tiene uno la impresión de que los automóviles se vuelven más inteligentes a medida que nosotros nos volvemos más tontos.

Los investigadores Lorenzo Cecutti, Anthony Chemero y Spike W. S. Lee creen que la alarma es excesiva y que nos hallamos ante fenómenos pasajeros y circunscritos a situaciones específicas. Por ejemplo, las consecuencias negativas de los móviles en la concentración de los alumnos se esfuman cuando se controlan otras variables, como la dificultad de la materia o las condiciones psicológicas y socioeconómicas. Respecto a la memoria, cuando el sujeto del experimento sabe que va a tener acceso a un ordenador, no se toma muchas molestias en recordar. Ahora bien, si esa posibilidad no existe, espabila para retenerlo todo. Es pura economía conductual. Todo esfuerzo requiere un incentivo y, cuando este es débil o nulo, el esfuerzo se omite. Es dudoso que eso sea una muestra de estupidez.

A lo largo de la historia, hemos ido troceando la tarea de sobrevivir en pequeñas parcelas. Somos expertos que saben cada vez más de cada vez menos. Si la civilización colapsara, la mayoría de nosotros no podría encender una hoguera con dos palitos ni preparar una trampa para conejos. Como observa el historiador Jonathan Coopersmith, “es imposible ser autosuficiente”.

Pero, ¿quién querría serlo? Incluso aunque seamos más tontos como individuos, somos más inteligentes como colectivo. La especialización ha hecho posible el nivel de bienestar de que gozamos. Ya no habitamos la naturaleza, sino la sobrenaturaleza, y las habilidades deben adaptarse al nuevo entorno. Tenía sentido guardar la información en la cabeza cuando la alternativa era bucear durante horas en una biblioteca para recuperarla. Hoy es absurdo memorizar las llaves de cada coche. Importa más aprender a localizarlas en YouTube, como hizo el operario del gran almacén.

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