La muerte de Escohotado

“Cualquier cosa que sea una desgracia, si puedes sacarle un filo de grandeza, un filo de heroísmo, vale, la atraviesas”.

En una entrevista sobre su biblioteca, le dice Antonio Escohotado a Nuria Richart que debemos aprovechar la vejez “para aprender el desapego” y reducir “paso a paso un instinto de conservación que nos ayudó a sobrellevar dificultades, pero que resulta progresivamente absurdo”. Tiene razón. Las personas ideamos constantemente motivos para existir, pero no dejan de ser justificaciones. Lo que nos une a este mundo es una fuerza mucho más animal. “Adquirimos la costumbre de vivir antes que la de pensar”, señala Albert Camus, y esa ventaja del cuerpo sobre la mente se mantiene toda la carrera. Supone un acierto, porque incluso cuando la realidad se desmorona a tu alrededor y una voz interior te susurra al oído qué sentido tiene seguir, tú notas por debajo del dolor algo que sigue su curso impertérrito, que no se alimenta de nada. Es la pasión de persistir. La naturaleza la ha puesto ahí porque no se fía de nuestro criterio. Su misión es preservar la especie, no hacernos felices. Por eso, cuando llega la hora de soltar amarras y cruzar la laguna Estigia, nos encontramos atados con un nudo muy complicado de deshacer.

En la conversación con Richart, Escohotado critica a esas personas de las que “la vida se despide” y “de repente se aferran especialmente a ella y te dicen: pues ahora es cuando quiero vivir. […] Pero si ya tienes 80 años, ¿por qué?”

“A lo mejor somos así”, repone Richart, “es inevitable”.

Escohotado encaja la objeción con fair play. “Yo espero no ser así”, dice, aunque admite que “podría ser como una bravata… Ya veremos”.

No hubo que esperar demasiado. Cinco años después, el periodista Ricardo F. Colmenero visita al filósofo en la cabaña de Pou des Lleó donde se ha refugiado para pasar sus últimos días. De aquel encuentro saldrá un libro cuya reseña ha titulado Alberto Olmos en El Confidencial: “Antonio Escohotado se ríe de la muerte en Ibiza”. No sé si la cosa llegó a tanto, pero Escohotado sostiene que esos meses los podía contar “como los más felices”. ¿Cuál fue su receta?

Primero, mantenerse activo. “Cada momento que pierdes […] se van horadando tu alma y tu cuerpo. […] El que ha perdido el tiempo ni siquiera tiene la sensación de haberlo perdido. Solamente tiene la secreta desdicha de saber que, cuando llegue la muerte, en vez de aceptarla va a querer aplazarla”. La Parca siempre es inoportuna, pero lo es mucho más para quien siente que deja algo a medias. Escohotado podía mirar atrás con la satisfacción de una existencia plena. “Abordar los dos temas tabú del siglo XX [las drogas y el comercio], me enorgullece”, dice en la charla con Richart. “Me parece que tenía que hacerlo y me moriré sin duda mucho más tranquilo”.

Segundo, mantenerse curioso. “Me provoca placer aprender. Muchísimo. Más que cualquier otra cosa. […] Ese, digamos, es el éxito de mi vida”.

Tercero, drogas, claro. En el diario que dejó para su publicación póstuma, se lee: “Marco Aurelio, el más sabio y noble de los emperadores, desayunaba, casualmente, todos los días, un haba de opio de Egipto con vino caliente. Con eso le bastaba. Hoy por cierto, estoy así de feliz porque he tomado también un haba”. Con este asunto extremaría yo, de todos modos, las precauciones. Como esos experimentos que salen en la tele, no es recomendable repetirlos en casa. El propio Escohotado confiesa que tenía problemas para ajustar la dosis. El exceso le quitaba el apetito, lo sumía en una sedentariedad autodestructiva y agudizaba su párkinson.

Cuarto, ejemplaridad. “Intento, y es mi principal empeño, una actitud elegante”, le dice a Colmenero. “Cualquier cosa que sea una desgracia, si puedes sacarle un filo de grandeza, un filo de heroísmo, vale, la atraviesas”.

Quinto, esperanza. “Una de dos”, argumenta en Los penúltimos días, “o mi flujo se apaga, y entonces viene un eterno silencio tranquilísimo al que me considero acreedor y merecedor, o bien hay algo más. […] Román, mi hijo perdido, mis padres, todo el mundo espiritual de primer tipo que ha llenado mi vida. O sea, de alguna manera, revive la memoria. Resucita entera. Y en el delirio de mi imaginación digo, a lo mejor aparece Román. Eso es lo que pienso”.

Finalmente, “no tengas miedo”. Esa fue una de las dos frases que Manolo Sáenz de Heredia, amigo de la infancia de Escohotado, eligió cuando le pidieron que resumiera lo que había aprendido de él tras 60 años de relación. No tengas miedo, efectivamente. Es solo la llamada del instinto, un invento de la naturaleza muy eficaz para sobrellevar las dificultades de la vida, pero absurdo para encarar la muerte.

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