La muerte de Rilke

Todos llevamos una muerte en nuestro interior, “como el corazón de una hermosa manzana”, y debemos morir esa muerte.

En 1912, mientras paseaba por los acantilados próximos al castillo de Duino, en el Adriático, un relámpago iluminó a Rainer María Rilke. Del pasado “vino […] una onda henchida”, “un mensaje” sobre el mayor misterio que atenaza al hombre: la muerte. Nos atormenta pensar que un día no habitaremos la tierra, no seremos los que somos, no volveremos a desear los deseos. Ningún animal carga con semejante conciencia.

A lo largo de las jornadas siguientes, Rilke pergeñaría dos poemas completos y varios fragmentos sueltos de lo que iban a ser las Elegías de Duino. Luego el manantial se secó y, como hacía siempre, reanudó su peregrinaje en pos de la inspiración.

“Toda la existencia de Rilke estuvo subordinada a la tarea de producir poesía como una vaca produce leche”, escribe Gabriele Annan. Nadie se tomó más en serio su arte. Abandonó cualquier actividad y apartó a cualquier persona (incluida su hija) que se interpusiera en su búsqueda de las condiciones adecuadas para crear. Entre 1902 y 1914 visitaría 10 países. ¿Cómo se mantenía? No tenía otro oficio que la literatura. Lo habían expulsado de la academia militar y no concluyó la carrera de derecho, pero nunca tuvo dificultades para dar con mecenas dispuestos a hospedarlo.

Y no piensen que se dejaba complacer fácilmente. En 1921, después de casi una década de depresión y sequía, se notó nuevamente tocado por el estro y movilizó a sus amigos para que le localizaran techo. Recibió innumerables invitaciones. “La condesa Schaumburg”, cuenta la biógrafa Eliza Marian Butler, “le brindó su castillo de Bohemia; los Valmerana renovaron su ruego de que se dignase honrar la casa que poseían cerca de Padua; Isabel Schmidt-Pauli investigó para él siete castillos alemanes, y la princesa de Thurn y Taxis habría sentido un inmenso placer sabiéndolo instalado en su pabellón de Lautschin. Pero el genio no dio su aprobación”. La nobleza desplegaba una agotadora actividad social y Rilke quería “estar solo durante mucho, mucho tiempo”.

Por fin, mientras viajaba por Suiza, vio en el escaparate de una peluquería la foto de una pequeña fortaleza en Muzot. “Se vende o alquila”, ponía debajo. Según su estilo, Rilke le cargó a un tercero la factura, aunque tampoco debió de ser muy abultada. En Muzot no había electricidad, el agua había que sacarla de un pozo y el dormitorio era una celda monacal, pero reinaba la paz necesaria para acabar de dar forma a aquel mensaje que había vislumbrado paseando por los acantilados del Adriático.

Rilke creía que todos llevamos una muerte en nuestro interior, “como el corazón de una hermosa manzana”, y que debemos morir esa muerte. En la sexta elegía compara la higuera que entrega humildemente y sin alardes su fruto con el hombre que se instala en la vanidad del florecer y, cuando llega el invierno de la edad, se da cuenta de que la hojarasca lo ha traicionado y no tiene nada que ofrecer. Pocos, dice, son los que responden a la llamada de la acción, erguidos y radiantes. Se atreven, en suma, a ser ellos.

Esa es la clave, y poco importa qué riesgos entrañe. ¡Qué más da morir joven! Nos angustia y obsesiona nuestra transitoriedad, pero “ser aquí ya es mucho”. Hasta en esos miserables saltimbanquis que caen una y cien veces del árbol de la acrobacia sobre una raída alfombra se dibuja de cuando en cuando un gesto de ternura, una sonrisa. Ese es nuestro triunfo. Los ángeles, que nos miran desdeñosos desde su soberbio esplendor, se quedarían estupefactos si vieran cómo transformamos las cosas con nuestro lenguaje, cómo las dotamos de sentido. Las primaveras nos necesitaban, las estrellas esperaban que las contempláramos. La creación renace gracias a nuestra conciencia.

Rilke apenas sobrevivió tres años a sus elegías. Tras ese esfuerzo, no le quedaba más que fallecer, dice Stephen Spender. Había entregado su fruto, cumplido su destino, sido él mismo.

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