La paradoja de Antonio Vega

“Somos potencialmente infrenables. Somos unos aparatos acojonantes, somos unos bichos con una fuerza y un poder impresionantes”.

Antonio no quiere morir. Esa mañana de mayo de 2009 lleva ya varios días en el hospital. Como sucede a menudo, la enfermedad se ha manifestado de forma imprevista, en mitad de una maniobra trivial. Estaba subido en una vieja Custom 650. La moto llevaba semanas aparcada a la intemperie de la sierra de Madrid y no arrancaba. Dos amigos se han ofrecido a empujarla. Cuando coja velocidad, Antonio debe meter segunda a capón y dar gas.

Entonces, a mitad de carrera, les dice: “Parad, parad, estoy muy cansado”.

“¡Pues imagínate nosotros, que somos los que estamos empujando!”, le responden los dos amigos riendo.

Pero Antonio no bromea.

Ingresa con una neumonía grave. Como diagnóstico de entrada ya acojona, pero a partir de ahí la cosa no hace más que empeorar. Las pruebas revelan sucesivamente cáncer de pulmón y metástasis en los huesos. La quimioterapia es inevitable, dicen los médicos. Ya estáis tardando, responde animado Antonio. “He salido de peores”, asegura a quienes le preguntan.

Esta vez, sin embargo, su cuerpo, “ese cuerpo capaz de resistir lo irresistible”, dice basta. Antonio se va consumiendo a ojos vista hasta esa mañana de mayo de 2009 en que todos saben que el final es inminente. En la habitación, alrededor de su cama, se apiñan su última novia, Queca, y sus cuatro hermanos. Carlos, el mayor, le susurra algo al oído. “En ese momento, Antonio mueve la cabeza en el último aliento y brota una lágrima de sus ojos cerrados”.

Antonio no quiere morir, y no deja de ser una paradoja. Toda su existencia no ha sido más que un obstinado y largo cortejo de la muerte. Cómo lo verían en el gremio, que incluso le dedicaron un disco póstumo, Ese chico triste y solitario. A Antonio le molestó, pero fue un malentendido disculpable. Aunque sobreviviría 16 años a aquel homenaje, nadie que lo hubiera tratado mínimamente podía pasar por alto sus querencias suicidas. Estaba autodestruyéndose, y no poco a poco.

Por eso digo que no deja de ser una paradoja. Si se estaba matando con la droga, ¿qué más le daba acabar de una vez?

Y sin embargo no hay ninguna contradicción. “El hombre”, escribió James Branch Cabell, “vive un instante fugaz y nadie sabe qué será de él después. Apenas posee sino un cuerpo en préstamo, pero ese cuerpo es capaz de satisfacciones extraordinarias”. Antonio las ha explorado y apurado todas. Su consecuencia más tenebrosa es el submundo del caballo, las incursiones en las Barranquillas, las detenciones. “He estado en casi todas las comisarías de Madrid”, alardea con zumba macabra.

Pero esa faceta no es la única ni la más relevante.

Él se veía sobre todo como un eslabón de la cadena universal de la música. Led Zeppelin, Lou Reed, Rolling Stones, Jeff Beck o Steely Dan habían legado a la gran obra colectiva su aportación y él se imaginaba encaramado a hombros de esos gigantes. “A mí me gusta pensar que mi carrera va proyectada por ahí, que puedo considerarme un relevo”. Por eso, tienes que “arriesgar, quitarte de encima el peso de si vas a ser aceptado o no”. La mayor aventura es descubrir. “Cuando nos apalancamos en rutinas en las que nos resignamos a que nuestros días de conocer, de descubrir han quedado atrás […] es un error total”.

Y concluía: “Hay que echarse para adelante y no dejarse achantar para nada por los acontecimientos. Somos potencialmente infrenables. Somos unos aparatos acojonantes, somos unos bichos con una fuerza y un poder impresionantes”.

¿Quién querría morirse pensando así?

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N. B. Tanto la información de este post como los entrecomillados no referenciados proceden de Antonio Vega. Mis cuatro estaciones, de Juan Bosco.

2 comentarios en “La paradoja de Antonio Vega

  1. Siempre que leo u oigo algo acerca de Antonio Vega me acuerdo de Marga Del Río, compañera mía en EMI que trabajó con él, se enamoró de él y se dejó llevar por él hasta morir de sobredosis.

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