Reivindicación del ridículo

Todos experimentamos situaciones incómodas y sonrojantes de vez en cuando, pero no son tan terribles y tienen sus ventajas.

Eres un poderoso banquero de inversión. Ganas millones de dólares, Forbes te ha dedicado varias portadas y vives frente a Central Park, en un luminoso ático de cuyas paredes cuelgan lienzos con manchas incomprensibles. Has triunfado en el mercado más competitivo del planeta y tienes, por tanto, derecho a considerarte un tipo listo.

Entonces llega Madoff y te estafa como a un paleto en la estación de Atocha.

Lo peor, dicen, no es el dinero. De las pérdidas financieras puedes rehacerte. A lo mejor debes renunciar al avión privado y hacer cola de nuevo en los aeropuertos, pero no vas a acabar durmiendo en un banco la calle.

Lo peor, dicen, es el ridículo. El amor propio herido. Eso nunca se supera.

El ridículo es, sin embargo, inevitable. Todos vamos a experimentarlo a lo largo de nuestras vidas. Y tiene sus ventajas.

Para empezar, nada fija mejor una información en la memoria. No recordamos los nombres de nadie en las fiestas y se nos pasa recoger al niño de la guardería, pero tenemos grabada a fuego la vez que nos sentamos sobre lo que parecía un taburete y resultó una mesa de costura Biedermeier de principios del XIX. Ahora, en cuanto vemos una en un catálogo de Sotheby’s, la reconocemos inmediatamente.

Tampoco es cierto que no se supere. Mi padre tenía un truco infalible: el humor. Convertía cualquier experiencia incómoda en una anécdota divertida. La gente se partía oyéndole contar sus andanzas como guía de viajes o cuando se equivocó de entierro (algo muy habitual, dada la velocidad a la que circulan algunas comitivas fúnebres). Terminó rezando un padrenuestro con la cabeza gacha y aire contrito delante de la sepultura de sabe Dios quién. En aquella época salía en televisión todos los días, era más famoso que Brad Pitt y los parientes del difunto se le acercaron emocionados al final del acto. “Qué detalle, don Miguel”. “No podía hacer menos”, respondía él encogiéndose de hombros humildemente.

Esta capacidad para tomarse a broma a sí mismo le permitió abordar proyectos ante las que otros se habían arredrado. “¿Y si nos la pegamos?”, le advertían. “Pues igual nos la pegamos”, admitía él, “pero ¿y lo que nos vamos a reír luego contándolo?”

Asumámoslo. No somos tan listos. Nos equivocamos. Bastante. Hace un par de años, se me ocurrió recoger en un editorial una frase de un artículo de Arundhati Roy. No había leído nada más suyo ni sabía obviamente quién era, pero deduje por el nombre que era hombre y atribuí la cita al “escritor indio”. A las pocas horas de colgarse el texto en internet, un amable lector puntualizaba en los comentarios: “Arundhati Roy es en realidad una escritora y activista india. Y muy popular por cierto”.

La segunda frase me pareció innecesariamente humillante. Me dije: “Ahora todo el mundo creerá que soy un pedante que no sabe ni de qué escribe”. Pero en seguida me di cuenta de que era una caracterización bastante precisa. La mayoría de las veces sé muy poco de lo que voy a escribir. Eso es lo que hace el periodismo tan apasionante: que no dejas de aprender. Si escribiera solo de lo que sé (en el supuesto de que supiera de algo), me aburriría mortalmente.

La contrapartida es que meto la pata, pero no me torturo por ello. Aprendo y pienso en lo que me voy a divertir comentándolo con los amigos.

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