La Gaceta de las Cachipollas

Hay un llamativo desfase entre los eventos que atraen a la prensa y los que acaban superando la prueba de la posteridad.

La cachipolla es una de las criaturas más efímeras de la naturaleza. Esta especie de libélula vive apenas 24 horas. En El Segador, Terry Pratchett imagina a dos adultas revoloteando al atardecer junto a un grupo de alevines. Discuten de cómo ha cambiado todo. “En estas horas”, se lamenta una de ellas, “el sol ya no es lo que era”. “En eso”, repone la segunda, “no te falta razón. Antiguamente sí que había un sol como es debido, todo amarillo, no como esa cosa roja”. “Y estaba más alto”, añade la primera.

“En 1965”, cuenta Tim Harford, “dos sociólogos noruegos, Johan Galtung y Mari Ruge, realizaron una observación fascinante: lo que consideramos noticioso depende de la frecuencia con que le prestamos atención”. Una web concebida para maximizar el tráfico y que el público entre cada pocas horas ofrecerá contenidos muy distintos a una revista mensual. Esta última puede prescindir de la broza, descartar los acontecimientos recurrentes. En el plazo de 24 horas no da tiempo a aplicar filtros, así que para los insectos de Pratchett todo es excepcional. La vaca que han visto pastando en un prado por la mañana igual no sigue por la tarde. Si se editara una Gaceta de las Cachipollas, titularía a toda plana: “Ya no hay vacas”.

Los humanos sufrimos una miopía similar. El problema no es nuestra fugacidad, sino el ritmo frenético al que consumimos información, que impide ponerla en perspectiva. Pensemos en un periódico que saliera cada 25 años. “¿Qué diría su última edición?”, se pregunta Harford. “Se ocuparía del auge de China, internet y los smartphones, de la irrupción de Al Qaeda y el colapso de Lehman Brothers”. Pero no traería ni una línea de la muerte a machetazos de un miembro de los Trinitarios. Para el historiador, su desaparición es tan irrelevante como la de la vaca de las cachipollas.

¿Y qué llevaría la portada de un medio que saliera cada 100 años? Sería ineludible abordar la Primera Guerra Mundial y el asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo. No se crean, sin embargo, que suscitó gran curiosidad en su momento. Aquel domingo 28 de junio de 1914 hacía una mañana cálida y soleada en París y el presidente Henri Poincaré agasajaba en su palco del hipódromo de Longchamp a los representantes del cuerpo diplomático. Cuando le entregaron un telegrama con la noticia, lo compartió con el embajador austriaco, que “palideció y partió al instante”, escribe Margaret MacMillan. Pero “la mayoría pensó que aquello no tendría mucha trascendencia”.

“Poincaré no era precisamente un Napoleón”, advierte MacMillan, pero parece que tampoco el premier Herbert Asquith se inquietó demasiado. Lo sabemos porque se había encaprichado a la sazón de la hermosa Venetia Stanley y le enviaba hasta tres cartas al día. El magnicidio se cita fugazmente en la del 30 de junio, pero Asquith “hablaba sobre todo de la cuestión irlandesa, de sus mascotas, entre las que había un pingüino, y de su anhelo por verla a ella”.

Que el público británico y sus dirigentes dieran prioridad a la cuestión irlandesa (o las mascotas) tiene sentido. Pero en Francia el interés lo acaparaba el inminente juicio de Henriette Raynouard. La inflamada correspondencia que esta activista había mantenido con el político radical Joseph Caillaux había caído en manos de Le Figaro y su director, Gaston Calmette, amenazaba con publicarla. MacMillan cuenta que el 16 de marzo de 1914 Henriette, “tan elegantemente vestida como siempre”, se personó en la redacción del diario, “sacó una pistola Browning de su manguito y vació el cargador sobre Calmette”.

¿Quién se acuerda hoy de Venetia y Henriette, incluso de Asquith y Poincaré? Hay un llamativo desfase entre los eventos que atraen a la prensa y los que superan la prueba de la posteridad. “Para curarte por completo de los periódicos”, aconseja malévolamente el inversor Nassim Taleb, “pásate un año leyendo periódicos de la semana pasada”.

Pero no se trata de que los periodistas seamos idiotas. Existe seguramente la misma proporción de idiotas entre los periodistas que entre los inversores o los linotipistas. El problema es que, para lograr que los lectores pasen por el quiosco o hagan clic en tu web, debes generar un flujo constante de noticias. “Y cuanto más siniestras, mejor”, me dirán, pero se trata una vez más de una acusación injusta. “Si los medios tuvieran un mero sesgo por lo negativo”, argumenta Harford, “cabría esperar que informaran con regularidad de los fallecimientos relacionados con el tabaquismo”. En setiembre de 2001 se perdieron 10 veces más vidas por esta adicción que por el ataque contra las Torres Gemelas, pero la prensa lo omite porque tiene “una frecuencia inapropiada”.

¿Hay que dejar de leer periódicos, como recomienda Taleb? No, pero sí tomar distancia, buscar contexto, discernir tendencias. La muerte a machetazos de un miembro de los Trinitarios es horrible, pero no debemos dejarnos impresionar como si fuéramos cachipollas.

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