La caprichosa fama

El deseo de reconocimiento es un instinto muy poderoso. Nos indigna que nos posterguen y nos entusiasma que nos distingan. Por eso nos hemos vuelto rápidamente adictos a los ‘like’.

Mi padre quería ser escritor. Tuvo que irse de casa, porque el proyecto nunca contó con el beneplácito familiar. Su propia abuela se encargaba de advertir a las novias: “No te cases con este, que los escritores llevan muy mala vida”.

Aquel Madrid de la posguerra no daba, sin embargo, para muchas frivolidades y la bohemia le duró lo justo. Un día se enteró de que el diario Pueblo estaba contratando redactores y pidió ver al director. Emilio Romero era un gran noctámbulo, y no me refiero a lo que ahora se entiende por noctámbulo; hablo de cuando el término todavía significaba algo. Emilio Romero citaba a sus visitas a partir de medianoche. Luego, echaba un último vistazo a la portada y se iba por Madrid de tablaos hasta bien amanecido.

Tardó en recibir a mi padre y, cuando lo hizo, se limitó a escuchar. Solo al final le formuló una pregunta: “¿Tienes algo que ver con Fernando Ors, el que fue director de La Gaceta de Alicante?” “Sí, es mi padre”, respondió. “Muy bien”, dijo Emilio Romero. Y añadió después de un enigmático silencio: “Te voy a poner un mes a prueba”.

Mi padre la superó sin dificultad y, andando los años, llegó a subdirector. No se enteró hasta mucho después del porqué de la pregunta de Emilio Romero. La anécdota quizás no sea fidedigna en los detalles, pero sí en la esencia. Resulta que a mi abuelo Fernando lo habían destituido como director de La Gaceta de Alicante. Se han barajado distintas hipótesis, pero a los efectos de este post bastará con saber, primero, que él era carlista y el gobernador de la provincia falangista y, segundo, que el cese comportaba la pérdida de su butaca en el palco del Campo de la Viña, donde jugaba el Hércules. Mi abuelo no quiso o no supo darse por enterado de esto último. El domingo siguiente acudió al estadio y se encontró con que su sitio lo ocupaba Emilio Romero. Acababa de llegar a Alicante para dirigir el diario Información. Hubo un cruce de interpelaciones, Emilio Romero podía ser muy impertinente, mi abuelo muy temperamental, se calentaron y, por abreviar, mi abuelo le sacudió una bofetada.

Mi padre siempre decía que el incidente revelaba el señorío de Emilio Romero. También, añado yo, su inteligencia. No dudó en rodearse de profesionales brillantes, con independencia de su filiación ideológica o familiar. Esa es la marca del líder genuino: detectar el talento y aprovecharlo. Mi padre hizo, desde luego, una larga carrera a su sombra. Tengo para mí que fue la etapa profesional de la que más orgulloso se sentía, aunque no la que más notoriedad le reportó. Los cinco minutos mal contados que salía dando los deportes en el Telediario del mediodía lo convirtieron en una celebridad. Se trataba de una ocupación menor, un breve resumen de noticias que no le llevaba mucho tiempo preparar. En Pueblo, por el contrario, invertía la tarde y parte de la noche en armar una sección que, como le había enseñado Emilio Romero, debía “sorprender al lector y desasosegar a la competencia”. Pero el mercado tiene sus criterios a la hora de asignar reconocimientos.

Este desfase entre lo que nosotros consideramos meritorio y lo que se lo parece al público genera mucha frustración. Desde pequeñitos nos educan en la idea de que hay que seguir los dictados de la conciencia. “Si tus amigos se tiran por un barranco”, le grita la madre al niño, “¿te tiras tú detrás?” El niño la mira a menudo sin saber qué decir, y ese desconcierto delata lo mucho que nos cuesta sustraernos a la aprobación de los demás.

Nos buscamos constantemente en la mirada del otro. Somos en la medida en que nos miran y nos toman en consideración. En ocasiones pienso en esas personas que viven solas y sin afecto, olvidadas de todos en algún confín del planeta. Estar muerto no debe de ser muy diferente. “¿Puede ser uno algo peor que un exiliado?”, se pregunta el Ovidio de Vintila Horia en la remota guarnición donde Augusto lo ha confinado. Una tempestad de nieve sacude el tejado de su casa, rugen las olas, bárbaros sanguinarios merodean las murallas, aúllan los lobos. “Han matado uno esta tarde en la calle”, cuenta Ovidio. “Enloquecido por el hambre, la fiera se había lanzado a la ciudad y, precipitándose sobre […] una vieja que regresaba del mercado, la despedazó en un instante”. En medio de este panorama, la emoción que domina a Ovidio no es el miedo, sino el dolor de verse excluido, la pérdida de respeto de sus pares, el no contar ya para ellos. “¿Puede ser uno algo peor que un exiliado?”

El deseo de reconocimiento es un instinto muy poderoso. Nos indigna que nos posterguen y nos entusiasma que nos distingan. Por eso nos hemos vuelto rápidamente adictos a los like de Facebook, de Twitter, de LinkedIn. En los años 60 no existían las redes sociales, pero la gente paraba a mi padre por la calle, las revistas se interesaban por sus aficiones y aquello reconcomía a muchos colegas. “El opio del pueblo”, se vengaban refiriéndose a sus crónicas de fútbol o boxeo.

¿Hizo mella en mi padre aquel desprecio? Imaginó que sí, pero no lo manifestaba rebajando a los detractores, sino ensalzando el trabajo propio. Lector empedernido, subrayaba los libros de González Ruano, de Camba, de Cela, de Delibes, de Umbral y trasladaba los hallazgos estilísticos a sus columnas. Fernando Lázaro Carreter llegó a comentar que el periodismo deportivo se ponía de esmoquin con Miguel Ors.

Les confieso que no me parece compensación suficiente, pero entiendo que pedir más habría sido una temeridad. “El español puede tolerar en otro español un par de cualidades, pero nunca más”, escribe Fernando Díaz-Plaja. Y recuerda una anécdota de Agustín de Foxá. Aristócrata, diplomático y millonario, acababa de casarse con una chica guapísima y llenaba tarde y noche el teatro con su Baile en Capitanía. Díaz-Plaja se acercó a felicitarlo por todo ello y Foxá le respondió: “Mucho, ¿verdad? Yo ya he empezado a hacer correr el rumor de que tengo una úlcera en el estómago”.

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