Por qué el Atlético debió hacer pasillo al Madrid

Las decisiones no pueden justificarse en la humillación, que es un sentimiento subjetivo. Lo objetivo es la derrota, y esa no te la quita aplaudir al rival.

Cuando hace unos días se planteó si el Atlético debía o no rendir homenaje al Real Madrid en el Wanda, los jugadores rojiblancos no se mostraron entusiasmados. La directiva fue aún más tajante, probablemente en atención al sentir mayoritario de las peñas. Un portavoz del club argumentó que «bajo ningún concepto» iban a «colaborar en este intento de escarnio» que «fomenta la crispación y el enfrentamiento».

Yo me precio de ser colchonero, pero no puedo estar menos de acuerdo. La humillación es un sentimiento subjetivo y maleable, que varía con cada persona. Hay quien se ofende por cualquier tontería y andar pendiente de ello nos llevaría inevitablemente a la inacción. Las decisiones deben justificarse en hechos objetivos y aquí lo único objetivo es la derrota, que en el caso del Atlético ya se había producido y no iba a desaparecer por hacer o dejar de hacer pasillo al Madrid.

Tampoco veo cómo eso «fomenta la crispación y el enfrentamiento» y no lo hace colgar en la fachada del estadio una pancarta que atribuye a «la prensa y los de amarillo [los árbitros]» el palmarés de los madridistas.

Es evidente que los incentivos para comportarse deportivamente no son grandes en el fútbol actual. Piensen en la derrota del Manchester City en el Bernabéu. «Estuvimos cerca, estuvimos cerca», se lamentó casi en estado de shock su entrenador Pep Guardiola ante la prensa. A continuación realizó un análisis de urgencia del encuentro, para añadir con señorío: «Felicitarlos a ellos [el Real] y el Liverpool y que sea una buena final». Cabría esperar que este tipo de reacciones le hubieran granjeado el respeto de los aficionados rivales, pero solo han servido para que se le conozca como «el meacolonias de Santpedor».

A pesar de todo, a pesar de los argumentos falaces de los directivos, de las pancartas ofensivas y del ingenio burdo con que se castiga la nobleza, sigo convencido de que hay que aplaudir al adversario que te supera en buena lid. ¿Por qué?

De todas las experiencias deportivas, la más gratificante es la remontada. Has estado al borde de la eliminación, incluso has pensado en levantarte y abandonar resignado el estadio, cuando, de pronto, en una jugada aislada, tu equipo empata. Y dos minutos después, como arrastrado por una ola invisible, marca de nuevo. Nada tiene un sabor tan fuerte a victoria, y el motivo es la proximidad de la derrota. Una y otra se complementan y dan sentido. Si no existiera la posibilidad de perder, ¿qué mérito tendría ganar? Incluso los hinchas más fanáticos se aburren de vencer siempre.

La esencia del juego es la aceptación de un código que determina un campeón y un derrotado. A diferencia de la vida propiamente dicha, tan imperfecta y confusa, el juego nos traslada a una realidad clara y regulada. Es el orden absoluto y la menor desviación arruina su carácter, lo anula. Es esencial el respeto de las reglas, por arbitrarias que se antojen (la pelota únicamente puede impulsarse con el pie, o con un bastón de madera, o con una raqueta). Por eso el mayor enemigo del deporte es el aguafiestas. El delantero tramposo, que se tira a la piscina al menor contacto, reconoce las reglas. Las vulnera para obtener una ventaja. El aguafiestas, por el contrario, las ignora y se mofa de ellas. No golpea discretamente el balón con la mano, como Maradona, sino que lo hace abiertamente, mientras se ríe y destruye la atmósfera en la que deseamos sumergirnos.

Encajarla derrota con caballerosidad, dar y recibir pasillo contribuye a preservar esa atmósfera. Por desgracia, la modernidad ha ido perdiendo su sentido lúdico. Johan Huizinga se dio cuenta de ello en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, y no le pareció un asunto menor. «La verdadera cultura», escribió en Homo ludens, «exige siempre y en todos los aspectos el fair play». Por desgracia, frente al sano escepticismo de los liberales, que estaban dispuestos a reconocer el mérito del rival, habían irrumpido en la política occidental los fascistas y los marxistas, para quienes solo contaba el marcador final, no el procedimiento. ¿Y qué es la democracia sino un juego en el que los ciudadanos nos comprometemos a competir con arreglo a cierto procedimiento?

«El hombre», escribe Platón en Las Leyes, «ha sido hecho para ser un juguete de Dios y esto es lo mejor de él. Debe aceptar ese destino y vivir jugando los más bellos juegos». Y sentencia más adelante: «Dicen que la guerra es un negocio serio […]. Nada más falso. En la guerra no hay ni puede haber juego y educación».

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