Una poderosa fuerza moral

De alguien que se suicida decimos mal que se ha quedado sin razones para vivir. Vivimos sin razones. Nuestro apego a la existencia no tiene nada que ver con la lógica.

«De un administrador de fincas que se había suicidado», escribe Albert Camus, «me contaron un día que había perdido a su hija cinco años atrás y que esa desgracia lo había cambiado mucho, lo había minado. No se puede desear una palabra más exacta. Comenzar a pensar es comenzar a estar minado».

La razón nos ha ayudado a sobrevivir físicamente como especie, pero metafísicamente es otro asunto. La capacidad analítica que nos ha llevado a la Luna se muestra impotente a la hora de justificar nuestra presencia en la Tierra. De alguien que se suicida decimos mal que se ha quedado sin razones para vivir. Vivimos sin razones. Nuestro apego a la existencia no tiene nada que ver con la lógica. Nos volvemos a ella como último recurso, cuando nos ha fallado todo lo demás, cuando estamos desesperados porque se nos ha muerto una hija. Descubrimos entonces que cuanto más cavamos en busca de sentido, más nos hundimos. Comenzar a pensar es comenzar a estar minado.

Por fortuna, no tomamos la decisión de vivir después de demostrarnos que es la opción más razonable. «Adquirimos la costumbre de vivir antes que la de pensar», observa Camus. Se trata de conservar esa delantera y, para ello, ser totalmente lúcido resulta contraproducente. «El Quijote», dice el economista Tyler Cowen, «vive al margen de la realidad, pero gracias a ello dispone de una energía de la que los demás carecen. No se conoce a sí mismo, ni falta que le hace, porque cuando se vislumbra, se viene abajo».

Me acordé de Cowen hace unos años, cuando visité Israel. El guía que nos pusieron en Jerusalén nos llevó a ritmo de carga por las ruinas romanas porque era viernes y debía recogerse antes del ocaso para guardar el estricto reposo que prescribe el sabbat. Esa misma mañana nos habíamos entrevistado con ingenieros y emprendedores perfectamente ignorantes no ya de la ortodoxia judía, sino del más elemental decoro. Alguno nos había atendido en bañador y cholas y, discutiendo el contraste entre estos y aquel con otros colegas, llegamos a la conclusión de que, sin irreverentes ingenieros y emprendedores, los israelíes no serían hoy una potencia tecnológica, pero sin la ardiente devoción del guía ni siquiera serían, porque los árabes los hubieran borrado del mapa. ¿Qué si no la ciega fe mueve a alguien a arriesgar su vida y la de sus seres queridos a cambio de un trozo de desierto? Ningún cálculo racional justifica esa ecuación.

Igualmente impráctico le parece a Cowen sacrificarse por lo que vaya a pasar dentro de tres o cuatro generaciones. ¿Qué más me da a mí lo que suba el nivel del mar o lo que baje el grosor de la banquisa? Todo lo que tenemos es el presente. Lo natural es centrarse en él y disfrutarlo. Como el rico de la parábola, comamos y bebamos, que mañana moriremos. Desde un punto de vista estrictamente racional, argumenta Cowen, «no hay motivos para anteponer el futuro al presente», porque «no se puede percibir beneficio alguno cuando se está muerto».

Y sin embargo, nos sacrificamos y anteponemos el futuro (y hacemos bien). ¿Por qué?

Cowen no encuentra otra explicación que la maciza convicción que anima al colono israelí a aferrarse a su terruño. Para vivir se precisa una combinación de fe y razón. «No estoy pidiendo», puntualiza, «una fe que se nutra a costa de la razón. Solo digo que hace falta una actitud similar para mirar tan por delante de nuestros cálculos». Y añade: «No es casual que sean religiosas las personas que presentan mayores tasas de fertilidad o las que se embarcan en proyectos comerciales y caritativos de largo plazo, como observó Max Weber».

El filósofo Ari Armstrong no está de acuerdo. Si fe significa creer en algo que contradice la evidencia, ¿cómo puede servir para nada que no sea desorientarnos? Incluso admitiendo que los creyentes tengan más hijos y no estén tan pendientes del beneficio inmediato, también son intolerantes y postulan políticas regresivas, y Armstrong no se refiere a los talibanes o los saudíes. «Después de las ojivas nucleares de Putin, me parece a mí que la mayor amenaza para la humanidad es el resurgir del fascismo basado en la fe en Estados Unidos».

No necesitamos aliarnos con ningún fanático para preservar la civilización. «La amistad, el amor, la familia son cuestiones de suma importancia para los humanos», dice Armstrong. «Muchos tenemos hijos y nietos y, como nos inquieta su suerte, nos inquieta también el mundo que habitarán. Y liberarnos de la angustia por el futuro del planeta mejora nuestro bienestar, aunque no vayamos a ver personalmente la mayor parte de ese futuro».

El afecto que nos inspiran nuestros seres más próximos es una poderosa fuerza moral, aunque no cobramos conciencia de su brutal intensidad hasta que perdemos a uno de ellos, como el administrador de fincas de Camus.

Un comentario en “Una poderosa fuerza moral

  1. Gracias por el post. Considero que uno debe hacer experiencia de lo que vive cada día. Creo que la atención a los hechos es requisito obligado en cada decisión vital. Elijo la vida, aun dentro de sus múltiples contratiempos.

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