El eterno retorno

La perspectiva de la circularidad nos obliga a tratar cada instante como algo maravilloso, imperecedero, repetible. A amar la vida más allá de todo límite.

El 2 de mayo de 1879, Friedrich Nietzsche dimitía de su puesto en la Universidad de Basilea aduciendo problemas de salud. Cuenta Sue Prideaux en su magnífica biografía del filósofo que, desde muy joven, «sufría jaquecas con vómitos continuos y agudos dolores oculares que podían prolongarse una semana entera durante la que debía yacer en una habitación a oscuras». No podía leer, no podía escribir, no podía pensar.

Su carrera académica había tenido un estreno prometedor 10 años atrás. Había sido el catedrático más joven de la universidad, pero la publicación de El nacimiento de la tragedia, con su exaltación de Dionisos y su desprecio de Sócrates, lo sumió en el descrédito. El curso siguiente se matricularon en sus clases dos alumnos.

Lejos de abandonar la iconoclasia y con soberbia ignorancia de que trabajaba para una institución cristiana, arremetió en Humano, demasiado humano contra la moral («un fantasma») y la religión («la estafa mayúscula»). Lo salvó que apenas vendiera un centenar de ejemplares. En el rectorado vieron en cualquier caso el cielo abierto cuando planteó dejarlos. Aceptaron y le concedieron una pensión de 3.000 francos suizos.

El plan inicial de Nietzsche era emular a su admirado Friedrich Hölderlin, cuya misantropía lo había inducido a instalarse en una torre solitaria y ruinosa, llena de murciélagos y búhos. Nietzsche localizó una construcción similar en las murallas de Naumburgo. Pensó que allí podría mantenerse como jardinero, pero no tardó en darse cuenta de que para eso hacía falta una espalda más robusta y una vista mejor.

Se marchó a Venecia, donde encontró unos precios muy convenientes para su pensión suiza, pero en cuanto llegó el calor y despertaron los mosquitos, se lanzó de nuevo al camino. Anduvo un par de años vagabundeando, embarcado en viajes que, debido a su escaso sentido práctico, acababan en peripecias desastrosas: perdía el equipaje, las gafas, a sí mismo.

Por fin, en julio de 1881 descubrió Sils-Maria, en el cantón de los Grisones. Alquiló una habitación monacal en la casa del alcalde, que usaba el planta baja como tienda de ultramarinos. No parece que ello perturbara demasiado a Nietzsche. Era un auténtico peripatético. «Recorría a pie las alturas alpinas durante varias horas seguidas, garabateando notas con fuerza en sus cuadernos», cuenta Prideaux. Fue durante uno de esos paseos junto al lago de Silvaplana cuando experimentó la revelación del «retorno de lo idéntico».

¿Creía Nietzsche de verdad que todas y cada una de nuestras existencias se repetían a perpetuidad? Aunque uno de sus rasgos más frustrantes fue dejar todo envuelto en un impreciso lirismo, el eterno retorno se lo tomó muy en serio e incluso se planteó matricularse en la Sorbona en busca de corroboración científica. «El mundo de las fuerzas», sostiene en La Gaya Ciencia, «no sufre la menor mengua» y, a lo largo de la eternidad, «tu vida entera se dará la vuelta como un reloj de arena, una y otra vez, y una y otra vez se consumirá, hasta que todas las condiciones que te han creado vuelvan a darse».

La interpretación de Martin Heidegger es que, antes que una realidad concreta, el eterno retorno sería una hipótesis, un marco teórico que nos ayudaría a orientar nuestra conducta. Nietzsche había proclamado la muerte de Dios y había, asimismo, rechazado la posibilidad de que la ciencia pudiera llenar el vacío dejado por la religión. Despojado de los valores tradicionales y encarado ante el abismo del absurdo, ¿dónde podía el hombre hallar otros asideros que le impidieran sucumbir al escepticismo y el nihilismo?

En el retorno de lo idéntico.

Si el más allá no existe y cada momento se perderá como lágrimas en la lluvia, ¿qué más da lo que hagamos con él? Pero si va a repetirse una y otra vez, ¿no debemos esmerarnos en hacer de cada uno de ellos una obra de arte? La perspectiva de la circularidad nos obliga a tratar cada instante como algo maravilloso, imperecedero, repetible. A amar la vida y a nosotros mismos más allá de todo límite.

«Algún día», escribe Nietzsche en 1888, poco antes de sumirse en la locura, «irá unido mi nombre al recuerdo de algo tremebundo, de una crisis como jamás la ha habido en la tierra […]. Yo no soy un hombre, soy dinamita».

Viendo cómo el nazismo se apropió injustificadamente de su legado, muchos juzgarán la comparación muy pertinente, pero Nietzsche jamás deseó ningún mal a sus semejantes. Al contrario. La metáfora de la dinamita, observa Prideaux, debe interpretarse como «la llamada triunfal del que ha volado un túnel […] y abierto el camino para que los audaces argonautas del espíritu alcancen nuevos mundos».

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