Defensa de la desmemoria

El recuerdo de los conflictos pretéritos sirve a diferentes propósitos: la verdad, la justicia, la paz. Se trata de objetivos virtuosos y deseables en sí mismos, pero no siempre compatibles.

Cuando era pequeño me imaginaba que, tras la resurrección de los justos (entre los que esperaba contarme), Dios nos llevaría a una especie de sala de cine y proyectaría una película que nos lo aclararía todo: esto es lo que pasó con los dinosaurios, así cayó el Imperio romano, el sentido de la vida es el siguiente, etcétera.

Con la edad me he dado cuenta de que nunca alcanzaremos la certeza en nada. No es un problema, como ingenuamente creí un tiempo, de escasez de datos. Aunque lo supiéramos todo de Hernán Cortés, seguiríamos enzarzados en interminables discusiones sobre si era un héroe o un desaprensivo, igual que ahora discutimos si la Transición, de la que no nos falta precisamente información, fue concebida sin «pecado original», como decía Javier Tusell, o es una mentira asentada sobre «un campo sembrado de fosas comunes», como sostiene Juan Carlos Monedero.

El problema no es la escasez de datos, sino la abundancia de perspectivas. «Desde este Escorial donde he asentado mi alma», escribía en 1916 Ortega y Gasset, «veo en primer término el curvo brazo ciclópeo que extiende hacia Madrid la sierra de Guadarrama. El hombre de Segovia, desde su tierra roja, divisa la vertiente opuesta. ¿Tendría sentido que disputásemos los dos sobre cuál de ambas visiones es la verdadera? […] lo real, el universo, la vida (como queráis llamarlo) se quiebra en facetas innumerables, en vertientes sin cuento, cada una de las cuales da hacia un individuo». El mundo se nos despacha en raciones individuales de factura y aspecto diferentes. Lo que para unos está en último plano, para otros se halla en primer término, pero en vez de disputar estérilmente cuál es el enfoque acertado, lo que debemos hacer es integrarlos «en generosa colaboración».

La analogía del filósofo, gráfica y poderosa, no es perfecta. Podemos imaginar una maqueta de la sierra de Guadarrama sobre la que coincidan el hombre de Segovia y el de Madrid, de la que ambos puedan afirmar: «Sí, esto es lo que yo veo desde mi ventana». Pero, ¿cómo se hace una maqueta de la Guerra Civil? Incluso la reconstrucción más concienzuda y documentada del investigador más escrupuloso difícilmente satisfará a todos sus lectores (por no hablar de sus colegas académicos).

La unanimidad es posible en geografía, pero no en historia, empezando por la propia afirmación de que la unanimidad no es posible en historia. Aunque mí me parece una obviedad tan ciclópea como el curvo brazo ciclópeo de la sierra de Guadarrama, es rechazada por los nacionalistas de todo pelaje, que insisten en imponernos su relato. ¿Por qué?

«Cualquier país necesita […] una conciencia de identidad común», comentaba Tusell, y ponía el ejemplo de la Revolución de 1789, que «une a los franceses como una piña». Los españoles seguimos, por el contrario, divididos sobre todos y cada uno de los capítulos de nuestro pasado. Por no ponernos, no nos hemos puesto de acuerdo ni en cuándo empieza. ¿Con los celtíberos? ¿Con los visigodos? ¿Con la Reconquista? ¿Con los Reyes Católicos? ¿Con las Cortes de Cádiz?

Hay que decir, sin embargo, que la unidad de los franceses en torno a la Revolución de 1789 no tiene nada que ver con el rigor científico. Periódicamente, un libro o un documental arrojan nueva luz sobre alguna salvajada desconocida de Robespierre, de Marat, de Napoleón, y da igual. El rigor científico va por un camino y la memoria colectiva por otro. De hecho, no se llevan demasiado bien. El historiador David Rieff explica que el recuerdo de los conflictos pretéritos sirve a diferentes propósitos: la verdad, la justicia, la paz. Queremos saber, no toleramos que los crímenes queden impunes y tenemos que llevarnos bien. Se trata de objetivos virtuosos y deseables en sí mismos, pero no siempre compatibles. Y de ningún modo conviene dar por supuesto que la verdad y la justicia han de prevalecer sobre la paz.

«Consignas como “ni perdón ni olvido” pueden muy bien no conducir a la resolución de los problemas existentes, sino a su agravamiento», advierte José Álvarez Junco. Hay que recordar, pero recordar bien. Se debe resarcir a las víctimas y exhumar a los muertos, condenar oficialmente los crímenes y eliminar los símbolos que los exaltan, pero sin caer en la canonización del propio bando. Primero, porque pocas figuras están libres de tacha. Y segundo, porque se corre el riesgo de desatar una espiral devastadora. «Si homenajeamos a las víctimas de Badajoz», argumenta, «provocamos que Vox homenajee a las de Paracuellos. Todo acercamiento se convierte entonces en imposible. Los duelos emocionales […] son insolubles. No juguemos en este terreno».

Álvarez Junco tampoco vería mal crear esa conciencia de identidad de la que habla Tusell en torno a nuestro más reciente éxito como sociedad: la Transición. «Incluso una cierta mitificación elogiosa podría ser constructiva. No porque aportase nada de interés al conocimiento del pasado, sino para realzar los valores fundamentales de nuestro sistema».

Ya que nunca alcanzaremos la certeza en nada, llevémonos al menos bien.

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