El sueño eterno

Nuestras ganas de vivir son desmesuradas, y tiene todo el sentido.

Todas las tardes unos testigos de Jehová montan guardia en la esquina de Goya con Conde de Peñalver. Colocan tres exhibidores en los que distribuyen libros, ejemplares de su revista Atalaya y varios carteles. Uno de ellos dice: «¿Acabará el sufrimiento?» Es una buena pregunta a la que esta mañana doy vueltas, mientras sesteo perezosamente en Colonia, sobre la cubierta de un pequeño crucero fluvial. La temperatura tibia, el leve bamboleo del barco, la voz enlatada que comenta los monumentos (la catedral gótica, el puente Hohenzollern, el museo Ludwig), todo invita a abandonarse, a desconectar. Qué dulce dejar de ser.

¿Por qué nos da tanto miedo, entonces?

Cuando más adelante visitemos el puente Hohenzollern, comprobaremos que sus vallas están forradas por un tupido manto de candados. Los enganchan las parejas y tiran luego la llave al agua, como símbolo de su compromiso. No está claro a quién se le ocurrió la idea, pero tras aparecer en la novela de Federico Moccia Tengo ganas de ti y, sobre todo, en su adaptación cinematográfica, la moda ha cobrado caracteres de plaga. En Italia ha habido que apuntalar varios puentes, pero el de Colonia no corre ningún peligro, nos tranquiliza la guía: «Lo hicieron los prusianos».

Esta gente se pone siempre en lo peor. La colosal estructura de hierro y hormigón solo cedió en 1942, tras la Operación Millennium, así denominada porque por primera vez en la historia se concentraron 1.000 aviones sobre un único objetivo. «La incursión británica sobre Colonia ha ocasionado más daño que el terremoto y el incendio de San Francisco», comentaría con satisfacción un alto mando aliado. Las fotos de la salvaje devastación se encuentran hoy en todas las tiendas de souvenirs de Colonia. Fue el horror absoluto.

Los puentes italianos necesitan bastante menos para tambalearse. Sus ingenieros afinan más con el cálculo de resistencia y ahorran gracias a ello mucho en vigas y planchas, pero tienen que andar poniendo refuerzos y contrafuertes al menor imprevisto.

Con los humanos ocurre igual. Imaginemos que nos pidieran que contribuyéramos al diseño de nuestra psicología decidiendo una simple característica: las ganas de vivir. ¿Qué cantidad pondría usted?

Cuando un economista se enfrenta a este problema, recurre a un cálculo de costes-beneficios. Como los pontoneros italianos, aquilatan todo lo que pueden el material para no incurrir en despilfarros. Hacen una previsión media de uso y colocan un poco más por seguridad. Cubrirse ante riesgos excepcionales resulta poco eficiente. Ningún economista recomendará jamás al alcalde de Madrid que tenga siempre lista una nutrida flota de máquinas quitanieves, aunque nos habrían venido muy bien para recuperar la normalidad tras Filomena.

El enfoque prusiano es diferente. Para determinar la firmeza de un tejado no se fijan en la precipitación media, sino en los picos, y tiene todo el sentido. Si dependiera de los economistas, las casas dispondrían como mucho de un cuarto de baño, que así y todo permanecería desocupado la mayor parte del tiempo. Cualquiera que no haya sido hijo único sabe que es un planteamiento disparatado. Las personas no nos vamos aseando a lo largo del día, sino en momentos muy concretos: después de levantarnos y antes de acostarnos, fundamentalmente. Por eso todas las casas tienen más de un baño.

Con las ganas de vivir sucede igual. La naturaleza no ha pensado en el uso medio, sino en los picos. De lo contrario, nos vendríamos abajo continuamente.

El reverso negativo es que para que la estructura ceda hace falta el equivalente a una Operación Millennium: una enfermedad devastadora, brutal, el horror absoluto. En ausencia de ella, nadie quiere dejar este mundo y, por eso, el sufrimiento difícilmente acabará y la amenaza de la muerte seguirá amargándonos siempre la existencia, aunque técnicamente no sea más que un sueño eterno, un dulce dejar de ser.

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