Kelsen y Ana Iris

La plenitud de una vida depende del contenido que le damos, no de los obstáculos que nos ponen.

«El turbulento tiempo que nos ha tocado vivir, particularmente aquí en España», leo en la contraportada de Kelsen versus Schmitt. Es un magnífico ensayo sobre el pulso que mantuvieron en la Europa de entreguerras estos dos influyentes juristas. El editor habla de «las analogías» entre «las tensiones de nuestros días y las fracturas de aquellos años», y me parece a mí, con el debido respeto, un paralelismo algo forzado.

Verán.

Hans Kelsen nace en Praga en 1881, en el seno de una familia judía que, antes de que él cumpla tres años, se muda a Viena. Estudia derecho y, aunque con brutal sinceridad le desaconsejan el ingreso en la universidad dado su origen religioso, Kelsen no se arredra. Tampoco lo desaniman la quiebra económica y la muerte de su padre, que deja a la madre y los hermanos sumidos en una complicada situación. Mientras ejerce como abogado para aportar recursos al hogar, escribe la tesis que lo habilitará como profesor y, en 1911, inicia su brillante carrera académica.

Después de tres años de fecunda actividad intelectual, en los que publica una serie de trabajos que prefiguran lo que más tarde será su teoría pura del derecho, en 1914 lo movilizan. Una oportuna pulmonía hace que le asignen tareas burocráticas. Su talento no pasa inadvertido al ministro de la Guerra, que lo nombra asesor y, desde esa posición privilegiada, será testigo del desmoronamiento del imperio austrohúngaro.

Una vez firmado el armisticio, el canciller de la nueva República de Austria le encarga la redacción de la carta magna. Su contribución más importante será la creación de un Tribunal Constitucional, cuyos vocales designa el Parlamento con carácter vitalicio. Él mismo se incorpora a la institución, cuya independencia no tarda en suscitar los recelos de los políticos. En 1930 el Gobierno socialcristiano destituye a todos los magistrados y se arroga la designación de sus sustitutos. La reforma legal produce un gran desencanto en Kelsen, que acepta una plaza en Colonia. Allí lo colman de atenciones hasta que llega Hitler.

Los nazis no solo despojan a Kelsen de su cátedra. En su doble condición de judío y socialdemócrata, se ha vuelto un candidato ideal para la deportación y empieza a buscar el modo de salir del país. Le salva la vida un administrativo de la facultad y militante del Partido Nazi que, sin ninguna clase de contrapartida, le procura un visado. «Su nombre no lo anoté nunca», se lamentará años después Kelsen.

Recala en Ginebra. La idea es pasar un semestre allí y otro en Checoslovaquia, pero tras el asesinato de un colega en Praga opta por no moverse de Suiza. Se traslada a una modesta casa para ahorrar gastos. Allí lo sorprende la invasión de Polonia. Lleva tiempo acariciando la posibilidad de cruzar el Atlántico, como tantos académicos germánicos, pero no habla inglés y en Estados Unidos no es fácil obtener una plaza docente. Así y todo, el avance avasallador de la Wehrmacht no le deja opción y, en junio de 1940, con 60 años cumplidos, desembarca con su familia en Nueva York.

Confía en que lo acoja en su claustro Harvard, que cuatro años antes le ha concedido un doctorado honoris causa, pero apenas le deja dar clases un par de cursos. Por fortuna, lo contratan en Berkeley, inicialmente como profesor visitante y a partir de 1945 como catedrático. A los 64 años adquiere su primera vivienda, «una pequeña casa con un jardín en el que florecen las rosas». Será ese «el postrer sitio de reposo del fatigado caminante», como contará en su autobiografía citando unos versos de Heinrich Heine. En 1973 fallece, cuatro meses después que su esposa y compañera de más de seis décadas.

¿Dónde están las analogías entre las peripecias de Kelsen a las de un ciudadano de 2022, particularmente aquí en España? Entiendo, como Ortega y Gasset, que todo tiempo es turbulento cuando toca vivirlo. Únicamente a pitón pasado y desde el burladero de la historia se nos antoja más practicable, menos fiero, incluso apetecible. «Me da envidia la vida que tenían mis padres a mi edad», dice hoy la escritora Ana Iris Simón, y no discuto que en una generación se haya producido algún retroceso. Juan Ramón Rallo señala, en concreto, el encarecimiento de los pisos y la precariedad del empleo.

Pero abarcar la realidad en un juicio categórico («todo es un asco» o «todo es magnífico») requiere un ejercicio de soberbia intelectual y es, sobre todo, una pérdida de tiempo. La plenitud de una vida depende del significado que le demos, y eso correlaciona poco con los obstáculos que nos salen al paso.

Kelsen no solo tuvo, como Ana Iris, problemas para hacerse con una vivienda en propiedad y un empleo fijo. Nació judío en una sociedad en la que el antisemitismo era de buen tono primero, recomendable después y obligatorio finalmente. Pasó por dos conflictos colosales que lo obligaron a reinventarse cada vez más lejos de su hogar. Sufrió acoso y persecución, miedo y necesidad, pero se las arregló para llenar su existencia de sentido y dejarnos un legado admirable.

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