El manantial de la ilusión

Schopenhauer creía que el hombre estaba condenado a la desdicha, pero su lógica es desmentida por el contento que cada día nos embarga sin motivo aparente. ¿De dónde surge?

En la casita del parque infantil mi nieta Isabel ha abierto un restaurante. Coge puñados de barro, les da forma de tortitas y te ofrece una. «Es pizza de tomate», te explica con gesto serio. Tú pellizcas un trozo de tierra, te lo llevas a la boca y exclamas: «¡Hummmm, delicioso! ¿Cuánto le debo?». «Una monedita», responde ella, y tú te llevas la mano al bolsillo, pellizcas esta vez un poco de aire y se lo pones en la palma de la mano. «Muchas gracias, ¿quiere otra?», te dice ilusionada.

No se me ocurre mejor calificativo: ilusionada. En castellano la ilusión es, simultáneamente, «una representación sin verdadera realidad» y una «viva complacencia». El término deriva del latín ludere, jugar, y Julián Marías explica que tuvo durante siglos ese sentido peyorativo de apariencia, de engaño, casi de burla. Ilusionarse era algo infantil, una muestra de inmadurez.

A finales del XVIII se produce, sin embargo, una revolución. Intoxicados por Kant, los románticos cuestionan que la realidad exista tal y como la conocemos. Está inevitablemente mediatizada por nuestros mecanismos de percepción y es en alguna medida (no en su totalidad, pero sí en alguna medida) una construcción artificial, una ilusión.

Esta revelación es quizás desalentadora para quienes tenían depositada su fe en una ciencia omnímoda, capaz de guiarnos hasta la verdad absoluta, pero supone una liberación. En la concepción tradicional, el mundo era algo monolítico, de una pieza, indiferente por completo a nuestra voluntad. Se nos imponía y nosotros nos adaptábamos o nos rebelábamos.

La visión romántica fracciona, por el contrario, la realidad en dos ámbitos y nos otorga el dominio de uno de ellos. «No acepto lo que la naturaleza me ofrece simplemente porque deba aceptarlo», proclama Fichte. Y a la pregunta de quién es el amo y quién el servidor, responde: «Yo no estoy determinado por los fines, los fines son determinados por mí».

«Es obvio», comenta Isaiah Berlin, «que no podemos ser completamente libres, en tanto que objetos tridimensionales arrojados al espacio». Sin embargo, «aunque no podamos superar las limitaciones de nuestro cuerpo, sí podemos desarrollar nuestro espíritu». Ahí no gobiernan las rígidas leyes de la física. A la misma causa no corresponde el mismo efecto. El acontecimiento más terrible, que hunde a una persona en la depresión, estimula a otra a la acción.

«Por doquier», escribe el psicólogo Viktor Frankl, «el hombre se enfrenta a su destino y tiene la posibilidad de sacar algo del sufrimiento». Y recuerda a un joven enfermo que, tras enterarse de que no viviría mucho tiempo, recordó «haber visto la película de un hombre que aguardaba su muerte con valor y dignidad. Aquel muchacho pensó entonces que era una gran victoria enfrentarse de ese modo al final y ahora […] la providencia le brindaba a él esa oportunidad».

Schopenhauer creía que un dilema implacable atenazaba nuestra felicidad: si nuestros anhelos no se cumplían, porque nos sentíamos frustrados, y si se cumplían, porque apenas nos reportaban un placer fugaz. Pero esta lógica es desmentida por el contento que cada día nos embarga sin motivo aparente. ¿De dónde surge?

No desde luego de la antipática realidad objetiva, sino de ese paraíso artificial alumbrado por los románticos. Ahí determinamos nuestros fines y nuestros sueños y ahí cultivamos la memoria de nuestros éxitos y, sobre todo, de esos modestos placeres que jalonan nuestra rutina: la satisfacción del trabajo bien hecho, la pausa del café con los colegas, la comida familiar, ese rato que vemos la televisión por la noche, las salidas con los amigos, el partido de fútbol del fin de semana.

Son situaciones de las que no disfrutamos únicamente en el momento en que tienen lugar. La mera perspectiva de revivirlas irradia optimismo desde el futuro y nos llena anticipadamente de alegría. Incluso aunque en ocasiones la experiencia no resulte gratificante y discutamos con los amigos o la película sea un fiasco o nuestro equipo pierda, la ilusión no se agota. Vuelve a brotar con fuerza para increparte, como mi nieta Isabel: «¿Quieres otra?»

Y naturalmente que quieres.

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