El Nobel sin culpa (un perfil)

En estos días de marejada keynesiana, los liberales casi tienen que salir a la calle con escolta. Pero Finn E. Kydland (Noruega, 1943) no se arruga. Su única religión son los datos y estos dicen que los mercados son indispensables para el desarrollo. Es verdad que a veces fallan, pero no crean que Kydland se deprime por ello. En absoluto. Aprovecha para ganarles algún dinero.

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¿Puede una ecuación arruinar al mundo?

Hasta que Black, Scholes y Merton enunciaron su famosa fórmula, los derivados eran unos instrumentos esotéricos, que se negociaban entre unos pocos operadores. Hoy mueven 600 billones de dólares.

 “¡Han llegado a decir de mí que inventé los CDO!”, se lamenta Myron Scholes (Canadá, 1941) mientras nos dirigimos al ascensor. “Imagínese”. Luego bajamos, hablando de trivialidades, hasta el patio de la Fundación Rafael del Pino, donde se somete dócilmente a una sesión de fotografía antes de pronunciar una conferencia.

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Ya, pero no es lo mismo

¿Cuál es el problema de las finanzas españolas? ¿La gran deshonestidad de unos pocos o las pequeñas deshonestidades de unos muchos?

“En abstracto, todos coincidimos en qué es fundamental recortar el gasto público excesivo”, me dijo una vez un antiguo profesor de política económica. “Lo que pasa es que todos coincidimos también en que el gasto público que nos afecta no es excesivo”. ¿En qué cabeza cabe que seamos nosotros (¡nosotros!) los responsables de que el Estado esté al borde de la quiebra? Contamos en nuestra defensa con un poderoso argumento: “¡Pero si lo mío es el chocolate del loro!” Incluso cuando la subvención de la que nos beneficiamos tiene un origen, digamos, discutible (usamos la tarjeta del abuelo para comprar medicinas, simultaneamos el cobro del paro con alguna chapuza, no pagamos el IVA) y algún estirado nos lo recrimina, disponemos de una réplica estupenda: “Ya, pero no es lo mismo”.

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Cómo Krugman acabó peleado con el mundo

Es un disparate pretender que el Nobel no sabe economía, como se ha escrito en este país. Pero ni él mismo oculta que es una persona difícil. No tiene hijos, no tiene discípulos y apenas hace vida social.

 Cuando a mediados de los 90 empecé a leer a Paul Krugman (Albany, Nueva York, 1953) me sorprendió, lo juro, su serenidad. Todos sus juicios estaban sólidamente fundamentados en datos, no había ni una concesión a la ideología. Mientras a pie de calle aún seguían abiertas las barricadas de la Guerra Fría, Krugman se elevaba imperialmente sobre el debate, dominándolo con sus opiniones sensatas y ecuánimes. Se consideraba liberal en el sentido americano del término, es decir, socialdemócrata, pero defendía sin complejos la globalización y se reía de las 35 horas de Martine Aubry.

Entonces algo sucedió.

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