Defensa razonada del pelota

Al jefe conviene pasarle de vez en cuando el plumero. Aunque sus compañeros pongan mala cara, en el fondo agradecen que alguien calme a la bestia.

A pesar de sus legendarios recursos, los jefes están expuestos a todo tipo de contingencias desagradables: les cortan mal el pelo, sus ridículos perritos se les mean en las alfombras y las cigalas que comen escupen sustancias indelebles en sus corbatas de Hermès. “¿Y a mí qué?”, dirá usted. Pues a usted mucho, porque luego se llevan ese mal humor al trabajo y nos hacen la vida imposible. “Las emociones forman parte de lo que ocurre en una organización”, dice Sigal Barsade, una profesora de Wharton. Saltan de una persona a otro como un virus y moldean el clima general. Seguir leyendo