El poder de la manada

A menudo se ha asimilado el gol con un orgasmo, pero es una analogía pobre y pálida.

Uno de los cinco detenidos por la presunta violación de los sanfermines llevaba tatuada en un pie la siguiente inscripción: “El poder del lobo reside en la manada”. No es ninguna tontería. Nuestra especie ha conquistado el mundo gracias a la cooperación, cuya forma más primitiva es la manada. En su seno hallamos refugio, y en eso no nos diferenciamos de la cebra o el ñu. “Los ungulados huían en rebaño como regimientos de tambores”, explica Elias Canetti. La manada también nos exime de la ingrata tarea de pensar por cuenta propia. El movimiento de los que nos rodean es “el saber más antiguo del hombre”. Para sobrevivir no había que analizar e interpretar cada señal. Bastaba con seguir acríticamente a la mayoría, una técnica que aún usamos para invertir en bolsa o elegir restaurante.

Pero la masa no aporta únicamente seguridad y criterio. Puede ser además una fuente de placer. “El que se desposa fácilmente con la multitud”, escribe Baudelaire, “conoce voluptuosidades febriles”. Piensen en el aficionado que asiste a la apoteosis de su equipo en la Champions. A menudo se ha asimilado el gol con un orgasmo, pero es una analogía pobre y pálida. “Lo que los hombres llaman amor”, sigue Baudelaire, “es demasiado pequeño, demasiado restringido y débil, comparado con esta inefable orgía, con esta santa prostitución del alma” que supone entrar en comunión plena con el Otro.

El precio de esta experiencia religiosa (en su sentido literal de unir fuertemente o religar) es, sin embargo, elevado. Exige cierto grado de enajenación. Canetti vivió junto a un manicomio y en sus memorias constata la similitud entre los gritos que salían de allí y los procedentes del estadio del Rapid de Viena. También señala que la masa no puede dejar de moverse. Necesita una dirección, una meta para no desintegrarse, y no siempre se orienta hacia pasatiempos inofensivos como el fútbol, un concierto, un mitin. En ocasiones se complace en el ejercicio desnudo de su propio poder y, para ilustrar en qué consiste, Canetti recurre a una inquietante metáfora.

“Una vez atrapado”, escribe, “el ratón se halla sometido a la fuerza del gato: este lo capturó, lo mantiene apresado y acabará matándolo. Pero en cuanto empieza a jugar con él, surge un elemento nuevo. Lo suelta y le permite correr un trecho. No bien el ratón da media vuelta y echa a correr, se sustrae a la fuerza del gato, pero no a su poder, pues este puede volver a atraparlo. Si deja que corra libremente, permite también que escape de su esfera de poder; pero en la medida en que está seguro de alcanzarlo, el ratón sigue estando dentro de ella. El espacio que el gato domina, los momentos de esperanza que concede al ratón, aunque bajo una atenta vigilancia, el hecho de no perder el interés por él y su muerte, todo junto (espacio, momentos de esperanza, vigilancia e interés destructivo) podría considerarse la sustancia propiamente dicha del poder o, mejor todavía, el poder mismo”.

En uno de los increíbles wasaps incautados por la policía, uno de los lobos de Pamplona manifiesta: “Prefiero follarnos a una gorda entre cinco que a un pepino de tía yo solo”. Como el gato de Canetti, aquellos imbéciles no pretendían satisfacer una pulsión sexual, sino disfrutar del poder ciego y brutal de la manada.

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