Cualquier móvil pasado no fue mejor

Con el tiempo, las aristas de lo vivido se suavizan y lo que acaba depositado en la memoria es la versión más amable del pasado, contra la que el presente poco puede hacer.

Mi padre llevaba años quejándose de lo complicados que son los smartphone. “Yo lo que quiero”, nos decía, “es uno de esos móviles antiguos que solo servían para llamar y recibir llamadas, a mí dejadme en paz de internet y de fotos”. Así que cuando este verano mi mujer y yo vimos en el Carrefour uno de esos aparatos, se lo regalamos.

Es curioso cómo funciona la memoria. Estamos tan habituados a pinchar en los iconos de la pantalla para activar las distintas funciones que nos habíamos olvidado por completo de los menús desplegables. Me costó volver a hacerme, pero después de leer con ayuda de una lupa las instrucciones, que venían impresas con un cuerpo diminuto en un manual liliputiense, me consideré en condiciones de impartir un tutorial.

“Es muy fácil”, le dije a mi padre. “¿Ves el botón verde?”

“Ese es el de llamar”, me contestó rápidamente con gesto de experto.

“Sí, pero antes tienes que abrir la libreta de direcciones y elegir un contacto”.

“Y luego le doy al botón verde para llamar”.

“No, no. Entonces accedes a una pestaña que te ofrece varias opciones: borrar, editar, llamar…”

“Y le doy al botón verde para llamar”.

“¡No, no, no! Si le das al botón verde borras el contacto”.

“¿Por qué? ¿No es para llamar?”

“Sí, pero antes tienes que bajar con estas flechitas hasta la opción de llamar y entonces, sí, aprietas el botón verde”.

“Vale, vale”, dijo arrancándome con cierta impaciencia el dispositivo. Lo estuvo manipulando con aire concentrado y, al cabo de unos minutos, me lo devolvió. “No sé qué ha pasado, hijo, pero han desaparecido los teléfonos de tus hermanas”.

“No importa”, suspiré acariciándome el caballete de la nariz. “Vamos a probar otra cosa”. Le memoricé los contactos más frecuentes en el teclado y le expliqué: “En el 2 está Marga; en el 3, yo; en el 4, Alberto; en el 5, María, y en el 6, Fernando. Tú lo único que tienes que hacer es apretar seguido el número del hijo al que quieras llamar”.

“Vale, vale”, dijo arrebatándome de nuevo el móvil. Apretó brevemente una tecla y se quedó mirando la pantalla.

“No, Papá”, le dije. “Tiene que ser más seguido”.

“¡Es lo que hago!”, respondió con abierta irritación. “Aprieto seguido pero no funciona”.

“Bueno”, le dije, “es cuestión de habituarse. Ya verás cómo en dos días lo dominas”.

Pero a los dos días me llamó para decirme que quería que le devolviera la tarjeta SIM a su viejo smartphone. “No recordaba yo que fuera tan complicado”, confesó.

Nos ocurre a menudo, y no solo con los móviles. Las aristas de lo vivido se van suavizando con el tiempo y lo que termina depositado en el cerebro es la versión más amable del pasado, contra la que el presente poco puede hacer. Es la sorda lucha que en Rebeca libra la dulce Joan Fontaine contra la sombra siniestra de su predecesora.

“Ojalá”, le confiesa en un momento dado a Laurence Olivier, “hubiera un invento que embotellase los recuerdos, como si fueran perfumes. Así, cuando quisieras, podrías descorchar la botella y revivirlos”.

“A veces”, le responde Olivier, “esas botellas encierran demonios que asoman cuando más quieres olvidarlos”.

No creo que se refiriera a los menús desplegables, pero me vale perfectamente.

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