Cómo se construye un frente nacionalista

Dos catalanes que jamás habrían quedado ni para ir al Camp Nou se hermanan entrañablemente cuando Òmnium y la ANC los transportan mentalmente a la infame dictadura española.

¿Cómo deciden las personas en dónde vivir, con quién casarse o a quién votar? Cabría pensar que partimos de un ideal que nos hemos forjado y optamos por el barrio, la pareja o el candidato que más se acerca a ese modelo. Nuestro cerebro es como un cartógrafo: traza un mapa, calcula las distancias y elige la línea más corta.

El problema es que cuando los psicólogos han intentado contrastar esta teoría en el laboratorio se han encontrado con que los sujetos damos respuestas incongruentes. Creemos, por ejemplo, que Tel Aviv se parece a Nueva York, pero no que Nueva York se parezca a Tel Aviv. Estamos de acuerdo en que los turcos pelean como tigres, pero no en que los tigres peleen como turcos. Y consideramos delicado decirle a una chica que sus ojos son como dos zafiros, pero no que sus zafiros son como dos ojos.

Esta asimetría es consecuencia de que nuestro cerebro no se fija en la distancia. No es un cartógrafo, es un auditor. Efectúa inventarios de rasgos y comprueba cuántos de esos rasgos comparten las realidades que compara. Cuando son muchos, las clasifica en un mismo grupo y, cuando son pocos, en grupos separados. Tel Aviv se parece más a Nueva York que a (pongamos) Albacete porque es cosmopolita, está en la costa y tiene muchos judíos ilustres.

Pero Nueva York no es únicamente el puerto de mar en el que residen Woody Allen y Alan Greenspan. Están también la estatua de la libertad, Broadway, Wall Street, el Metropolitan… ¿Cómo va a ser igual que Tel Aviv? ¡Es mucho más!

Aunque nuestra mente registra los rasgos comunes, no les da siempre la misma relevancia. Depende del contexto. Como le sucede a Nueva York con Tel Aviv, un turco es mucho más que un tigre, pero en el campo de batalla comparten el valor, la fiereza, la agilidad, la determinación. Del mismo modo, dos estudiantes que en Madrid se tratan como perfectos extraños pueden volverse íntimos si los mandan a la Universidad de Pekín. Y dos catalanes que jamás habrían quedado ni para ir al Camp Nou se hermanan entrañablemente cuando Òmnium Cultural y la ANC los transportan mentalmente a la infame dictadura española.

No es verdad que los catalanes hayan sido víctimas de un lavado de cerebro. No ha hecho falta. Los han sumergido en un contexto de enfrentamiento que magnifica su mínimo denominador común: el idioma, el territorio, las instituciones… A fuerza de cultivar esa agobiante sensación de asedio, los independentistas han conseguido que muchos burgueses se olviden por unos instantes de que, en cuanto se queden a solas, los antisistema con los que entonan Els Segadors les van a sacar los ojos para lucirlos como dos zafiros.

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