El cuento del buen sandinista

Allí donde se intenta imponer una utopía por el bien de todos, la mentira y el crimen no tardan en manifestarse.

“No empuñé armas en la revolución, no llevé nunca uniforme militar”, alega Sergio Ramírez en Adiós muchachos, su descargo de conciencia antisandinista. “Fui un intelectual desarmado metido a político”, insistía hace poco en una entrevista. Ramírez se hace responsable de la utopía compartida, de los sueños, de los ideales, de la ilusión, pero reniega de la violencia y asiste hoy, entre atónito y horrorizado, a la represión de su antiguo camarada de filas, Daniel Ortega.

El propio Pablo Iglesias confesaba su perplejidad en un reciente episodio de Fort Apache. “Los europeos de izquierdas”, decía, “vivimos con cierta nostalgia los mitos de la revolución […]. Hay un contraste enorme entre esa Nicaragua y la del orteguismo”.

Igual que dos críos a los que se les ha ido de las manos una travesura, balbucean: “Es que yo no sabía”. Pero a estas alturas ya van teniendo edad de saber. “Este es uno de los secretos de casi todas las revoluciones y el trágico destino de sus líderes”, escribe Stefan Zweig en Fouché: “ninguno ama la sangre y, sin embargo, se ven forzados a derramarla. Desmoulins demanda desde su escritorio, entre espumarajos, un tribunal para los girondinos, pero cuando […] oye la sentencia de muerte sobre los 22 que él mismo ha llevado ante el juez, se pone en pie de un salto, mortalmente pálido, tembloroso y deja la sala desesperado: ¡no, él no lo ha querido!”

Robespierre califica la guerra de crimen, Danton dice: “Mejor ser guillotinado que guillotinar” y Marat se desvive por librar de la cuchilla a aquellos cuya cabeza ha exigido antes en sus artículos. Pasarán a la posteridad como bestias sanguinarias, pero todos aborrecen (igual que Ramírez, igual que Iglesias) la pena capital. Blanden la amenaza para mantener a raya a sus rivales, para enfatizar su compromiso con el nuevo régimen. “Pero”, observa Zweig, “la semilla del crimen brota de su aprobación teórica”. Los revolucionarios se llenan la boca con soflamas feroces para atizar la indignación del pueblo y, cuando este, poseído por esa retórica incendiaria, reclama que se apliquen tan enérgicas medidas, no pueden negarse. “Guillotinan para no desmentir su cháchara sobre la guillotina. Sus acciones persiguen compulsivas a sus locas palabras. […] Así surgen siempre las guerras: de jugar con palabras peligrosas, de la sobreexcitación de las pasiones nacionales”.

En su Informe Secreto al XX Congreso del PCUS, Nikita Kruschev intentó persuadir al mundo de que José Stalin había sido una anomalía, un accidente “ajeno al espíritu del marxismo-leninismo”, un desvío imprevisto en el recto camino. Pero allí donde se intenta imponer una utopía por el bien de todos, la mentira y el crimen no tardan en aparecer. Los promotores argumentan que la violencia es consecuencia del funcionamiento deficiente de su gran teoría, pero es al revés: la teoría es deficiente y solo funciona con gran violencia. La irrealidad del planteamiento hace inevitable el recurso a la fuerza.

El sandinismo es una evidencia más de esta regla terrible. Las revoluciones que se yerguen sobre el odio acaban irremediablemente envilecidas. No tienen una parte mala y otra buena, con la que uno pueda quedarse a beneficio de inventario, como pretenden Ramírez e Iglesias. Forman un todo compacto y hemos visto las suficientes como para saber que no se tuercen, sino que nacen torcidas.

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