Da mucha paz cuidar de la gente

Ciframos la felicidad en objetivos imposibles, cuando la tenemos cada día al alcance de la mano.

En 1996 Brooke Shields lleva a Andre Agassi a Campagnola, un restaurante de Manhattan que rápidamente se convierte en el local favorito de la pareja. Su dueño, nos cuenta el tenista en sus memorias, se llama Frankie. “Siempre va impecablemente vestido, con su traje italiano, su corbata de flores y su pañuelo de seda. Siempre nos recibe con su sonrisa mellada y un montón de anécdotas divertidas”. Les habla de las celebridades que frecuentan el lugar. “¿John Gotti?”, dice. “Se sienta ahí, en esa mesa de la esquina, de cara a la entrada. Si alguien viene a cargárselo, quiere ver quién es”.

“A mí me ocurre lo mismo”, comenta Agassi.

No queda claro por qué establece Agassi esa analogía de sí mismo con el gánster. Quizás también se considera un fraude. Acaba de ganar el abierto de Australia y es el número uno de la ATP. Su novia es una de las mujeres más deseables del planeta. Millones de jóvenes compran las camisetas que lleva sobre la pista, imitan su peinado, se ponen pendiente como él. “Me digo a mí mismo”, escribe, “que si uno tiene un avión privado no puede ser desgraciado”.

Pero él lo es. Odia el tenis, que su padre lo obliga a practicar desde que tiene conciencia. No entiende que nadie quiera ser Agassi cuando él no quiere ser Agassi. Y le maravilla lo poco emocionante que es ser famoso. “Soy el mejor tenista del mundo y, sin embargo, me siento vacío”.

Pero algo está a punto de suceder en Campagnola. “La principal virtud de Frankie”, nos cuenta, “es su manera de hablar de sus hijos. Los adora, presume de ellos, enseña sus fotos a la mínima oportunidad”. Y le inquieta su futuro. Mucho. Una noche, restregándose la cara fatigada, Frankie le confiesa angustiado que no sabe cómo podrá costearles la universidad.

Agassi da instrucciones a su agente para que ponga algunas de sus acciones de Nike a nombre de Frankie y, la siguiente vez que va a Campagnola, le explica que las participaciones no podrán tocarse en 10 años, pero que en ese momento su valor debería bastar para aliviar significativamente la carga económica de la enseñanza superior.

La expresión de Frankie es de absoluto asombro. “Andre, no puedo creer que hagas eso por mí”, le dice con el labio inferior temblándole.

Pero el que se queda de una pieza es Agassi. “Ayudar a Frankie”, reflexionará más adelante, “me proporciona más satisfacciones y me hace sentir más vinculado y vivo, más yo mismo que cualquier otra cosa de las que me ocurren en 1996. Me digo a mí mismo: recuerda esto. Quédate con esto. Esta es la única perfección que existe, la perfección de ayudar a los demás”.

La segunda epifanía tiene lugar meses después, cuando someten a una delicada cirugía de cuello a la hija de su preparador físico. Agassi le compra un flotador de bebé, va al hospital y se lo coloca debajo de la cabeza. “Un gesto de puro alivio, de gratitud, de alegría recorre el rostro de la niña”, recuerda, “y en ese gesto hallo lo que había estado buscando, la piedra filosofal que une todas las experiencias. […] Su sufrimiento, la sonrisa con que lo afronta, mi contribución para aliviárselo: esa es la razón de todo. ¿Cuántas veces tendrán que mostrármelo? Es para eso para lo que estamos aquí. Para luchar contra el dolor y, siempre que sea posible, para aliviar el dolor de los demás”. Y añade: “En los pasillos de los hospitales aprendemos de qué va la vida”.

Cuando renegocia su acuerdo con Nike, que le pagará “decenas de millones en los próximos 10 años”, Agassi monta una fundación para atender y escolarizar a niños maltratados y abandonados. “Así, al fin, mi fama servirá a un propósito”.

Ahora afronta el tenis con otro ánimo. Sufre la misma presión insoportable antes de cada final y, aunque tiene la existencia resuelta y podría dejarlo cuando quisiera, “se siente extrañamente impelido a continuar”, escribe a su hijo, “por todas las cosas buenas que tiene […] buenas para tu futuro, buenas para muchos niños de mi escuela”.

Jugar ha cobrado sentido. “Da mucha paz cuidar de la gente”.

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