La magia de la gratitud

La cortesía es uno de los recursos más baratos y eficaces de que disponemos para ser felices.

Todas las tardes en el Calridge saludo con una sonrisa y una palabra amable a Lorelai, la mujer del guardarropa, y todas las tardes me devuelve desde su habitáculo la misma expresión inescrutable. Ni una mueca. Ni un parpadeo. Nada. Yo no cejo en mi empeño y ustedes pensarán qué pena. Pero a mí la que me da pena es Lorelai.

La ingratitud no es solo descortés. Eso es lo de menos. Es una discapacidad intelectual. El ingrato no se entera de la mitad de las cosas. Está siempre pendiente del obstáculo, de lo que opone resistencia, de lo que le hace sufrir. Esta percepción es clave para la supervivencia de la especie y por eso nuestra conciencia le da tanto relieve, pero no hay que dejar que acapare los sentidos. De cuando en cuando conviene tomar un respiro, sentarse al borde del camino, contemplar el paisaje. La plegaria que muchas religiones invitan a realizar antes de cada comida ayuda a apreciar lo bueno que nos rodea, que es mucho y que tendemos a ignorar o, peor todavía, a dar por descontado. En 1939 Ortega y Gasset advirtió con inquietud que muchos de sus contemporáneos habían llegado a considerar natural “ese mundo técnica y socialmente tan perfecto” que habían heredado de las generaciones precedentes, sin reparar en que “el menor fallo […] volatilizaría rápidamente la magnífica construcción”, como así ocurrió por desgracia poco después.

Pero la gratitud es además uno de los recursos más baratos y eficaces de que disponemos para ser felices. “No puedes estar enfadado y agradecido al mismo tiempo”, dice Tony Robbins. Nuestro córtex prefrontal es incapaz de hacer dos cosas a la vez (por eso es tan peligroso usar el móvil mientras se conduce). Los ilusionistas lo saben bien. “Si en medio de un número”, escribe Jorge Luengo, “yo te pregunto por qué, para qué o en qué momento has tomado determinada decisión, tu cerebro se verá obligado a desconectar para atender esa pregunta, procesarla y responderla; tiene que apagarse y volver a encenderse”. Esa interferencia provoca una laguna de atención que él rellenará a su antojo (“tú mismo has barajado y cortado las cartas, ¿verdad?, y has elegido la que querías libremente, ¡increíble!”) para que el público deje la sala convencido de que ha visto lo que no ha visto porque durante un breve paréntesis se había llevado su cabeza a otra parte.

Igual que el falso recuerdo que implanta el mago en nuestra memoria borra todo rastro de engaño y nos deja la impresión de haber presenciado un truco maravilloso, la gratitud desaloja cualquier pensamiento negativo. La evidencia empírica que la asocia con la felicidad es abrumadora. Ahora bien, ¿no podría ser que la causalidad operase en sentido inverso? Es decir, ¿es feliz la gente porque es agradecida o se muestra agradecida cuando es feliz?

Cuatro investigadores de las universidades Hope y North Carolina publicaron hace dos años el siguiente experimento. Pidieron a unos estudiantes que identificaran un anhelo que abrigaran en ese instante y explicaran qué sentirían si se consumara. Con esa evocación en mente, rellenaron un cuestionario que evaluaba su satisfacción y, acto seguido, fueron asignados aleatoriamente a dos grupos: mientras en uno debían recrear una aspiración pasada que se hubiera cumplido y por la que estuvieran agradecidos, en el otro los participantes se limitaron a referir las rutas qué habían realizado la víspera: dónde habían estado, qué habían observado, etcétera. Finalmente, se solicitó a todos que rellenaran otro test de bienestar.

En principio, este segundo test no debía arrojar un resultado muy distinto al del cuestionario de satisfacción inicial. Apenas habían trascurrido unas horas. Sin embargo, el ejercicio de gratitud activó las emociones positivas en el primer grupo e “incrementó significativamente su estado de esperanza y felicidad” respecto del segundo, en el que se habían dedicado a describir trivialidades.

Por eso me da pena Lorelai la del guardarropa.

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