El coronavirus y sus metáforas

A lo largo de la historia, impelida por la impotencia, la humanidad ha buscado porqués a la enfermedad que no son auténticas explicaciones, solo mitos, analogías.

“Parece que ya a mediados del siglo XIX la tuberculosis había adquirido un aura romántica”, escribe Susan Sontag. Estar exangüe era la moda. Jóvenes pálidas de pecho hundido rivalizaban para ver quién contraía el mal. El ideal era consumirse de pasión entre accesos sanguinolentos de tos, como la Traviata. El propio Byron aspiraba a morir así. “Todas las damas dirían: mirad al pobre Byron, qué interesante se ve”. Y aunque hubo alguna reacción contra este culto morboso durante la Belle Époque, el encanto de la tisis no se disipó hasta que la estreptomicina acabó con el bacilo de Koch en 1944.

Las enfermedades que carecen de tratamiento requieren mitologías, metáforas. Nuestro cerebro no soporta la arbitrariedad. Necesita un relato. Los antiguos recurrían a la ira divina y, con el cristianismo, esta justificación moral se reforzó. La peste negra era un castigo por nuestros pecados. No había la menor evidencia, pero poner una causa crea una ilusión de control: ya hay algo que hacer (o no hacer) para librarse del azote.

Estas teorías religiosas se consideran hoy un atraso y una superstición, así que las hemos ido sustituyendo por otras que en cada momento se nos han antojado más científicas. “Nuestra era”, apuntaba Sontag en 1977, “tiene predilección por las explicaciones psicológicas”. Llevando Freud al límite, se especulaba que si un paciente desarrollaba cáncer era porque se lo buscaba, incluso porque (subconscientemente) lo deseaba. Los tumores de Napoleón y Ulysses Grant “habrían sido reacciones ante la derrota política y las ambiciones truncadas”.

¿Y qué mitología alimenta el coronavirus? Hay varias. Está, por supuesto, la ecologista (la naturaleza se estaría vengando del malvado mundo tecnocrático), pero por encima de ella planea solemne el debate ideológico. Para la derecha, asistimos a las consecuencias de una gestión lamentable y, para la izquierda, todo es fruto del desmantelamiento neoliberal de la red pública de hospitales.

Cuando esto acabe, habrá que encargar a un comité independiente que dilucide dónde nos equivocamos. Podrá reconstruirse la propagación de la epidemia y ver hasta qué punto fueron decisivos el 8M y el congreso de Vox. Muchos consideran que las restricciones llegaron tarde, pero ¿se habrían aceptado cuando había pocos contagios, que era cuando seguramente hubieran resultado más efectivas?

También veremos si se ha producido una voladura del estado de bienestar, aunque no es lo que se deduce de los datos: en 2008 el gasto público en sanidad suponía el 6,1% del PIB y en 2017, el 6,24%. Es verdad que en 2011 llegó al 6,7%, pero en Corea del Sur están en el 4,48% y eso no les ha impedido contener el covid-19. En cuanto a los hospitales, la reducción de capacidad ha sido la tónica en todo Occidente. “El éxito durante décadas en prolongar la expectativa de vida ha multiplicado los pacientes con patologías [crónicas]”, se lee en un documento de la Escuela Andaluza de Salud. Una mayoría de servicios podían prestarse en centros de atención primaria, policlínicas o a domicilio. Por eso el Reino Unido, Nueva Zelanda o Suecia suprimieron camas de agudos y sacaron de los hospitales la mayor cantidad posible de procesos.

Dilucidar estas cuestiones llevará, sin embargo, tiempo. Quizás para entonces ya dispongamos de cura, incluso de vacuna, y supongo que, como sucedió con la tisis, las mitologías del coronavirus perderán interés y se disiparán.

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