Del nacionalcatolicismo a la cancelación

Los domadores de personas viven en el temor constante de que nos dejemos seducir por “las propagandas pornográficas y subversivas”.

Mi padre abrigaba la peor opinión de las ideas políticas de Francisco Umbral, pero tenía la biblioteca llena de sus libros, y eso molestaba a algunos de sus amigos. “¿Cómo lees a ese rojo?”, le decían. “Es rojo”, admitía él, “pero escribe como Dios”.

Igual que Oscar Wilde, mi padre sostenía que no hay libros morales ni inmorales, sino bien escritos y mal escritos. La frase puede sonar cínica, pero encierra un profundo respeto por el juicio soberano del lector. Le corresponde a él decidir si una idea es o no estimable. ¿Y si se equivoca? Los domadores de personas viven en ese temor constante. Franco trataba a los españoles como a menores a los que había que vigilar para que no se dejaran seducir por “las propagandas pornográficas y subversivas”. Pensaba que mediante “una labor educadora constante” podrían extirparse los “vicios perniciosos”.

Fracasó claramente y la sociedad que intentó moldear se considera ilegítima, pero el hecho mismo de moldear la sociedad dista mucho de considerarse ilegítimo. Después de todo, si algo nos parece positivo, ¿por qué no podemos imponerlo? Alterar el resultado de una elección, por ejemplo. Nuestro partido tiene un programa superior al del rival. ¿No estamos obligados a hacer lo que esté en nuestras manos para llevarlo a la práctica? Aunque muchos votantes no se den cuenta ahora, ya nos lo agradecerán más adelante.

La primera objeción es que lo que suponemos bueno varía sorprendentemente en el espacio y el tiempo. Michel de Montaigne describe en uno de sus ensayos cómo algunos salvajes brasileños apalean, asan y devoran a sus prisioneros. Y John Stuart Mill recuerda que quienes envenenaron a Sócrates y crucificaron a Cristo lo hicieron sinceramente persuadidos de que difundían peligrosas falsedades. Muchas convicciones que Occidente dio en su día por inamovibles han resultado no serlo tanto a la vuelta de los años.

La segunda objeción es que infravaloramos los costes de transición. La imposición de los ideales más elevados genera reacciones que a menudo crean una situación peor que la que se pretendía solucionar. Los horrores que católicos y hugonotes perpetraron en la Francia del siglo XVI “en el nombre de la piedad y la religión” llevaron a Montaigne a plantearse quiénes eran los auténticos salvajes: los brasileños que comían a un hombre muerto o los europeos que desgarraban a otro “lleno de vida” por medio de “suplicios y tormentos” y lo echaban luego “a los perros o los cerdos”.

La tolerancia es una exigencia epistemológica y moral. Epistemológica, porque ¿cómo sabremos nunca que estamos en lo cierto si no dejamos que se discuta? “Existe”, dice Mill, “la mayor diferencia entre presumir que una opinión es verdadera porque no ha sido rebatida y concluir que es verdadera a fin de no permitir su refutación”.

Y es un imperativo moral porque nadie puede obligar a nadie a pensar de un modo determinado. Nos indigna que en el franquismo fuese delito la expresión de una opinión, pero hoy se despide al comisario del Museo de San Francisco porque declara que dejar de adquirir obras de artistas blancos sería discriminatorio. O se presiona desde una redacción para que no se entreviste a alguien cuyo punto de vista no se comparte, como Steve Bannon. O se pide que no se lea la última novela policíaca de J. K. Rowling porque el asesino es travesti.

Se alegará que las ideas que protegía el franquismo eran las de una élite, mientras que ahora se defienden ideas populares, pero eso no lo hace menos, sino más peligroso. Alexis de Tocqueville ya advirtió de que no hay peor tiranía que la de la mayoría, porque se ejerce a través de la conformidad social, sin apenas restricciones.

La acumulación de conocimientos progresa con incentivos, no castigos. “La mala ciencia muere y desaparece”, escribe Jonathan Rauch, y la buena recibe “citaciones, fama y becas sustanciosas”. La pena por estar equivocado debe seguir siendo que pierdas el debate, no que te echen del trabajo o dejen de comprar tus libros. Somos todos ya bastante mayorcitos como para que se nos prohíba a esta autora porque es tránsfoba o a aquel otro porque es rojo.

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