Por qué debemos ser humildes

Arrancar un cabello a un hombre no lo deja calvo, pero si sigues, llegará un momento en que lo esté. Ahora bien, ¿en qué pelo exactamente?

Cuando era niño me imaginaba que, después de muerto, Dios te invitaba a una sala de cine y proyectaba una película en la que respondía a todas tus preguntas: así levantaron los egipcios las pirámides, el profeta Isaías era un extraterrestre y su carro de fuego un platillo volante, el Imperio romano se hundió por esto y lo otro.

Ahora sé, sin embargo, que no habrá tal sesión. No es que Dios no exista (que no tengo ni idea, aunque abrigo alguna sospecha). Es la propia naturaleza de la realidad. Salvo en ingeniería, matemáticas, física y algún ámbito más, la objetividad es imposible y siempre queda margen para la interpretación. Conocemos casi todo de la Transición y, sin embargo, para unos fue un periodo modélico y para otros, un enjuague ignominioso.

Malcolm Gladwell menciona en Lo que vio el perro la distinción que el experto en seguridad nacional Gregory Treverton realiza entre enigma y misterio. El paradero de Bin Laden era un enigma: no se solucionaba por falta de datos. Pero la autoría de Salvator Mundi es un misterio. Durante años, los estudiosos han debatido si estábamos ante un lienzo original de Leonardo da Vinci. No es un asunto baladí. La pintura se encontraba en bastante mal estado y, si era un trabajo de su taller, podría alcanzar los 20 millones de dólares como mucho. Finalmente, se remató por 450 millones en Christie’s tras dictaminarse que llevaba el sello del genio.

Pero ¿qué certeza tenemos? Imaginemos que Dios nos invitara a su sala de cine y nos mostrara una grabación en tiempo real de la elaboración del cuadro, pincelada a pincelada. Algunas serían del maestro, otras de sus discípulos. ¿Cuál es la proporción precisa que delimita cuándo una autoría es individual y cuándo colectiva? “Los filósofos verían aquí un ejemplo de la paradoja del calvo”, observa Tim Harford. Arrancar un cabello a un hombre no lo deja calvo, pero si sigues, llegará un momento en que lo esté. Ahora bien, ¿en qué pelo exactamente? ¿En el 185? ¿En el 500? Del mismo modo, ¿a partir de qué trazo pasa Salvator Mundi a ser obra de Da Vinci?

Muchos de los desafíos a los que nos enfrentamos son misterios, no enigmas. No nos faltan datos. Nos sobran. Mi experiencia como bachiller es que la historia de España resultaba manejable hasta el siglo XIX, en que se convertía en una sucesión mareante de nombres: Alonso Martínez, Alberto Aguilera, Sagasta, Argüelles, Francisco Silvela, Manuel Becerra, doctor Esquerdo, O’Donnell. Yo pensaba: otra calle más y me suicido.

Y no se trata solo de la historia. En relaciones internacionales ocurre igual. “La tarea del analista de inteligencia”, dice Treverton, “consiste hoy en ayudar a los estrategas a navegar el desorden”. Y en medicina disponemos cada vez de más medios diagnósticos y, por tanto, de más información, pero eso no nos acerca a la curación. John Kennedy anunció en 1961 que, antes de que terminara la década, la NASA habría puesto un hombre en la Luna y cumplió su palabra. Inspirado por aquel éxito, Richard Nixon declararía poco después la guerra contra el cáncer. Estaba convencido de que no había obstáculos que pudieran resistirse a una nación rica y determinada, pero ignoraba la distinción crucial entre enigma y misterio. Construir un cohete y mandarlo de cabo Cañaveral al mar de la Tranquilidad es un rompecabezas, altamente complejo, pero un rompecabezas. Tienes una foto de lo que hay que montar y, si reúnes todas las piezas, lo puedes completar. Con el cáncer no hay foto. Ignoramos si es una enfermedad o son 200 y cada nueva pieza despeja tantos interrogantes como plantea.

La política está más cerca de la oncología que de la ingeniería especial, pero eso no impide que los demagogos se monten unas películas magníficas en las que describen el paraíso y cómo piensan conducirnos hasta él en sus carros de fuego. Yo los veo y no puedo evitar acordarme con ternura del niño que fui un día.

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